La derecha es el gobierno, los conservadores están en el poder
La derecha es el gobierno, los conservadores están en el poder | #DesdeFeelingMx | Editorial de opinión | Por Max Adame
En México, la disputa política ya no se explica solamente por la izquierda y la derecha. Cada vez resulta más importante distinguir entre quienes ejercen el poder y quienes buscan cuestionarlo, limitarlo o sustituirlo.
Durante décadas nos enseñaron que la política estaba dividida entre dos grandes corrientes: la izquierda y la derecha.
La izquierda representaba, en términos generales, la búsqueda de mayor igualdad social, la transformación de las estructuras económicas y la reivindicación de los sectores históricamente desfavorecidos.
La derecha se asociaba con la conservación de las instituciones tradicionales, la defensa de la propiedad privada, el orden establecido y la continuidad de determinadas estructuras sociales.
Eran categorías imperfectas, pero permitían comprender buena parte de las diferencias ideológicas.
Sin embargo, el México de 2026 ofrece una paradoja que merece discutirse.
Quienes llegaron al gobierno prometiendo transformar el sistema hoy tienen la responsabilidad y el interés político de conservar las estructuras que han construido.
Y quienes durante años fueron identificados como conservadores ahora participan, desde la oposición, en la exigencia de cambios y contrapesos.
¿Quién es entonces el conservador?
¿El que se identifica con la derecha o el que pretende conservar el poder?
La paradoja de la Cuarta Transformación
El movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador llegó a la Presidencia en 2018 con una narrativa de ruptura frente al antiguo régimen político.
Prometió transformar las instituciones, modificar las prioridades presupuestales y cambiar la relación entre el gobierno y la sociedad.
Ocho años después, Morena continúa encabezando el gobierno federal con Claudia Sheinbaum Pardo, quien asumió la Presidencia el primero de octubre de 2024.

La coalición oficialista integrada por Morena, el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo conserva una amplia representación legislativa.
Esto produce una transformación natural en la relación de las fuerzas políticas con las instituciones.
Cuando un movimiento llega al gobierno, deja de ser solamente una fuerza que cuestiona las decisiones públicas y comienza a ser responsable de ellas.
Administra presupuestos, dirige dependencias, propone reformas, designa funcionarios y responde por los resultados de sus políticas.
También adquiere incentivos para defender sus decisiones, mantener su coalición y preservar su continuidad política.
Es precisamente ahí donde la palabra conservador adquiere un significado interesante.
Porque conservar no siempre significa pertenecer a la derecha. También puede significar defender el orden político que uno mismo construyó.
El revolucionario de ayer puede convertirse en el conservador de mañana
La historia política está llena de movimientos que nacieron cuestionando al poder y terminaron organizándose para conservarlo.
No es una característica exclusiva de México ni de determinada ideología.
El fenómeno puede presentarse en gobiernos liberales, conservadores, socialistas, nacionalistas y de otras orientaciones.
Mientras un movimiento busca conquistar el gobierno, sus dirigentes suelen reclamar apertura, alternancia y oportunidades de participación.
Una vez en el poder, enfrentan la tentación de privilegiar la estabilidad de su proyecto sobre la posibilidad de que otros lo modifiquen.
No significa que todos los gobiernos actúen de la misma manera, ni que defender determinadas políticas sea necesariamente antidemocrático.
La diferencia está en si esa defensa respeta las reglas de competencia, la libertad de crítica y la posibilidad real de alternancia.
Un proyecto político puede aspirar legítimamente a continuar gobernando.
Lo que debe garantizar una democracia es que los demás también puedan competir, fiscalizar sus decisiones y proponer alternativas.
La izquierda y la derecha no han desaparecido, pero ya no explican todo
Conviene hacer una distinción.
Afirmar que la izquierda y la derecha han dejado de existir puede funcionar como una provocación editorial, pero sería inexacto tomarlo literalmente.
Siguen existiendo diferencias ideológicas sobre impuestos, redistribución económica, derechos individuales, propiedad, seguridad, libertades y participación del Estado.
Incluso una encuesta de Mitofsky difundida en 2026 muestra que los ciudadanos continúan identificando a Morena principalmente con la izquierda, al Partido Acción Nacional y al Partido Revolucionario Institucional con la derecha, y a Movimiento Ciudadano con posiciones más cercanas al centro.
Es decir, las identidades ideológicas continúan presentes.
Lo que resulta insuficiente es utilizarlas como explicación absoluta de la conducta política.
Un partido que se proclama de izquierda puede adoptar medidas que sus críticos consideren conservadoras.
Uno identificado con la derecha puede impulsar reformas institucionales.
Y dos partidos que sostienen discursos ideológicos diferentes pueden coincidir cuando están en juego sus intereses políticos.
La ideología nos ayuda a entender lo que los partidos dicen defender. La relación con el poder permite examinar qué hacen cuando tienen la capacidad de decidir. Ambas dimensiones importan.
Hoy existe otra frontera: gobierno y oposición
En el escenario político nacional hay una división especialmente visible.
Por un lado, quienes integran el gobierno federal y su coalición legislativa.
Por otro, las organizaciones, representantes y ciudadanos que cuestionan sus decisiones desde posiciones distintas.
Pero ni siquiera esta división es absoluta.
Existen gobernadores de partidos opositores, diferencias entre aliados legislativos y decisiones en las que fuerzas políticas habitualmente enfrentadas encuentran coincidencias.
La política no se reduce siempre a dos bloques perfectamente definidos.
Sin embargo, la relación entre poder y oposición permite plantear preguntas fundamentales.
¿Quién toma las decisiones?
¿Quién administra los recursos?
¿Quién puede modificar las leyes?
¿Quién fiscaliza a quienes gobiernan?
¿Quién exige explicaciones?
Y, sobre todo, ¿qué sucede cuando el poder recibe una crítica que no le gusta?
Porque el ejercicio democrático no termina cuando se cuentan los votos.
También incluye la obligación de explicar las decisiones, respetar a las minorías, responder a los cuestionamientos y aceptar que la legitimidad electoral no elimina los límites constitucionales. Ser oposición tampoco convierte a nadie en demócrata
Aquí hay otra paradoja que merece atención.
Estar fuera del gobierno no significa automáticamente defender la democracia.
La oposición también puede incurrir en prácticas oportunistas, contradicciones, falta de propuestas o intentos de obtener ventajas políticas.
Los partidos que hoy cuestionan decisiones gubernamentales deben responder igualmente por su conducta cuando ejercieron el poder y por lo que hacen en los gobiernos estatales o municipales que encabezan.
No basta con reclamar contrapesos desde la oposición si después se pretende debilitarlos al llegar al gobierno.
Tampoco basta con denunciar la concentración del poder cuando se es minoría y justificarla cuando se obtiene una mayoría.
La consistencia democrática debe examinarse tanto en las victorias como en las derrotas.
Quien exige transparencia debe estar dispuesto a practicarla. Quien reclama respeto a la oposición debe concederlo cuando gobierna.
Esa es una medida mucho más útil que cualquier etiqueta ideológica.
El conservadurismo más importante de analizar es el que protege privilegios
En el lenguaje cotidiano solemos utilizar conservador para referirnos a una persona que se resiste al cambio.
Pero no todos los cambios son positivos ni toda continuidad es perjudicial.
Conservar derechos, libertades, instituciones eficaces y garantías constitucionales puede ser deseable.
Y promover transformaciones sin evaluar sus consecuencias también puede producir problemas.
Por eso conviene distinguir entre conservar instituciones que protegen a los ciudadanos y preservar privilegios que benefician a quienes ejercen el poder.
El cuestionamiento central no debería ser si un político se identifica como conservador o progresista.
Debería ser si sus decisiones favorecen el interés público, respetan los derechos y permiten exigirle responsabilidades.
En otras palabras:
No es lo mismo conservar la democracia que conservarse en el poder.
La primera aspiración exige reglas, límites y alternancia.
La segunda puede ser legítima mientras dependa del voto y respete esas mismas condiciones.
La tensión aparece cuando la continuidad de un proyecto político se confunde con la continuidad del Estado o cuando una crítica al gobierno se presenta como una agresión contra el país.
El pueblo no pertenece a ningún partido
En México, distintas fuerzas políticas han utilizado la expresión pueblo como fundamento de su legitimidad.
Pero el pueblo no es una organización partidista ni un grupo homogéneo.
Está integrado por quienes votan por el gobierno, por quienes votan por la oposición y por quienes no se identifican con ninguna fuerza.
Incluye a empresarios, trabajadores, estudiantes, campesinos, comerciantes, periodistas, profesionales y personas con visiones muy diferentes del país.
Ninguna corriente puede atribuirse su representación moral exclusiva.
Y ningún ciudadano pierde legitimidad por discrepar con quienes gobiernan.
El debate público sería más productivo si, en lugar de decidir quién representa el amor y quién representa el odio, examináramos con mayor rigor las políticas y sus resultados.
¿Cuánto se invierte y cómo se gasta?
¿Qué problemas se resuelven?
¿Cuáles permanecen?
¿Qué derechos se fortalecen?
¿Qué instituciones funcionan?
¿Y qué mecanismos existen para corregir los errores del gobierno?
Esas preguntas importan independientemente de quién ocupe la Presidencia.
La alternancia también transforma las etiquetas
El ejercicio de imaginar a los partidos intercambiando posiciones permite identificar algunas contradicciones de la política mexicana.
Un partido que hoy defiende una reforma podría cuestionarla si fuera propuesta por sus adversarios.
Otro que actualmente exige diálogo podría preferir decisiones rápidas y una disciplina legislativa estricta si encabezara el gobierno.
No podemos asegurar que todos actuarían así, pero la experiencia política invita a vigilar esas posibles inconsistencias.
Por eso, más que exigir fidelidad a las etiquetas de izquierda o derecha, convendría exigir fidelidad a principios democráticos que puedan aplicarse en cualquier circunstancia.
Libertad de expresión cuando se gobierna y cuando se hace oposición.
Rendición de cuentas cuando se administra el presupuesto y cuando se fiscaliza.
Respeto al voto cuando se gana y cuando se pierde.
Y aceptación de los contrapesos incluso cuando dificultan los planes del gobierno.
Una Reflexión final: el poder cambia de manos, los principios deberían permanecer
Quizá la frase que mejor resume esta paradoja sea:
La derecha puede estar en el gobierno y los conservadores pueden ocupar el poder, incluso cuando se llaman a sí mismos de izquierda.
Pero para comprender correctamente esa afirmación debemos distinguir dos significados.
En términos ideológicos, izquierda y derecha siguen existiendo.
En términos de la relación con el poder, el oficialismo tiende a defender la continuidad de su proyecto, mientras la oposición busca modificar sus decisiones o reemplazarlo.
No son conceptos equivalentes.
Y confundirlos puede impedirnos comprender precisamente aquello que pretendemos criticar.
México necesita una conversación política que vaya más allá de las etiquetas heredadas, los insultos y las consignas.
Una conversación en la que sea posible identificar quién ejerce el poder, cómo lo utiliza y qué mecanismos permiten corregir sus excesos.
Porque la verdadera pregunta democrática no es solamente quién gobierna.
Es qué puede hacer el ciudadano cuando quienes gobiernan se equivocan.
Y qué garantías existen para que el poder siga siendo temporal, limitado y sujeto a vigilancia pública.
Al final, no debería preocuparnos tanto si un político se sienta a la izquierda o a la derecha.
Debería importarnos si, una vez sentado en la silla del poder, todavía recuerda que esa silla no le pertenece.
#DesdeFeelingMx
La emoción, la razón y el corazón de la información.
Temas: Conservadurismo, democracia, Izquierda y derecha, MORENA, Oposición mexicana, poder político
Por el respeto a esta libertad de todos, debemos informarte que Feeling.Mx y Radionautas.org se reservan el derecho a editar o publicar mensajes obscenos o bien que atenten contra la ley y la dignidad de terceros. ¡Gracias por tu aportación!
Comentarios
Entrada anterior: Periodista Majadero, el que incomoda al preguntar por la suciedad
Siguiente entrada: El humanismo del amor que necesita fabricar enemigos


