Periodista Majadero, el que incomoda al preguntar por la suciedad
Periodista Majadero, el que incomoda al preguntar por la suciedad | Por Max Adame | #DesdeFeelingMx
Recoger el estiércol del establo es un trabajo digno. Preguntar por la suciedad del poder también, hoy más que nunca. Lo indigno es pretender que nadie la vea.
La palabra majada significa, entre otras cosas, estiércol de los animales. Aunque la etimología académica de majadero remite a majar, la imagen del mozo que limpia el establo nos sirve aquí como metáfora: alguien tiene que entrar, mirar lo acumulado y hacer el trabajo que otros prefieren evitar.
En el periodismo, ese trabajo comienza con una pregunta.
El pasado 7 de mayo, Guadalupe Taddei respondió a un reportero de Latinus que la cuestionaba sobre posibles gestiones relacionadas con contratos del Instituto Nacional Electoral: «Me parece usted muy majadero». La expresión quedó registrada en video por todas las redes y en la versión estenográfica del organismo y en todos los medio de comunicación.
Qué manera de entender el servicio público: alguien pregunta por las contrataciones y la funcionaria examina los malo modales del periodista, según ella.
Habría sido más útil explicar los procedimientos, identificar a quienes intervenían y mostrar los documentos correspondientes. Si la pregunta contenía una premisa falsa, podía corregirla con precisión. Tenía la oportunidad de aclarar; eligió descalificar.
En un establo, molestarse con quien señala el estiércol no ayuda mucho a limpiarlo. En una institución pública, tampoco.
Más de cinco meses después, Taddei anunció el domingo 25 de octubre que presentaría su renuncia para el lunes 26, en medio de señalamientos de presunta corrupción y cuestionamientos sobre su cercanía con proveedores. De acuerdo con Reuters, la Auditoría Superior de la Federación abrió una investigación por posibles irregularidades en contrataciones, conflictos de interés, colusión y triangulación de recursos.
Las investigaciones deberán establecer qué ocurrió y quiénes tienen responsabilidad. La renuncia, por sí sola, no acredita culpabilidad ni aclara los contratos.
Pero vuelve especialmente pertinente aquella pregunta que fue recibida como una majadería.
Porque el asunto nunca debió ser si a la presidenta del instituto le agradaba el reportero. El asunto era cómo se administraban los recursos públicos y qué garantías existían para impedir favoritismos y corrupción.
El dinero de una institución no pertenece a quien ocupa su oficina principal. Cada contratación merece una explicación que pueda sostenerse frente a una revisión independiente. La confianza exige documentos, trazabilidad y disposición para responder por el dinero público y todos los recursos materiales.
Taddei había negado favoritismos y cuestionado la autenticidad y el contexto de materiales difundidos. Tiene derecho a defenderse y a que las acusaciones se examinen con rigor. Esa defensa debe contrastarse con las pruebas, del mismo modo que deben verificarse los señalamientos periodísticos.
La metáfora del establo tiene también un límite: el periodista debe comprobar que existe suciedad antes de señalarla. Le corresponde investigar, distinguir los indicios de los hechos acreditados y corregir cuando se equivoca. Aunque todo parece indicar que el periodista no estaba equivocado.
Al funcionario le toca permitir el escrutinio y responder por sus decisiones. Descalificar al mensajero deja las dudas donde estaban y eso pretendía la señora Taddei.
Y defender al INE implica exigir esa rendición de cuentas. Su autonomía merece protección y sus presidentes deben estar sujetos a vigilancia. El prestigio del organismo no debería convertirse en refugio personal de quien lo encabeza.
Si hubo irregularidades, deben determinarse responsabilidades y aplicarse las consecuencias correspondientes. Si hubo daño patrimonial, debe buscarse la reparación. Si alguna acusación carece de sustento, debe aclararse públicamente.
Cambiar a quien está al frente apenas abre la puerta para revisar lo que queda dentro.
Quizá eso fue lo más revelador de aquel «majadero reportero»: la pretensión de que preguntar por los contratos era excederse. Como si el respeto al cargo exigiera guardar silencio ante quien lo ocupa sin importar sus probables actos de corrupción.
Pues no. El respeto a una institución también se demuestra mostrando sus cuentas.
Porque cuando el establo huele mal, lo urgente es encontrar el origen y limpiarlo. Regañar al que lo advierte solamente permite que la majada se siga acumulando.
Que nunca nos falte valor para preguntar ni dignidad para exigir respuestas. Si llamar «majadero» al periodista sirve para transparentar las cuentas, habrá que seguir incomodando. Porque la suciedad del poder no se limpia con silencios cómplices.
Salud y larga vida a la prensa libre, con amor y alegría en cada día… y con el criterio siempre despierto.
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