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El humanismo del amor que necesita fabricar enemigos

Publicado: octubre 27, 2026
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El humanismo del amor que necesita fabricar enemigos: «La derecha es odio; el humanismo, amor al pueblo.» Así presentó la señora presidente de México, Claudia Sheinbaum Pardo, su conferencia matutina de este martes 27 de octubre de 2026, desde su cuenta de X.

La frase, reproducida y cuestionada por el periodista Sergio Sarmiento, es breve, contundente y perfecta para circular en redes sociales.

Pero encierra una contradicción que merece analizarse.

¿Puede alguien predicar el amor mientras define a quienes piensan diferente como representantes del odio?

Porque una cosa es defender un proyecto político y otra, muy distinta, pretender que la virtud moral pertenece exclusivamente a quienes comparten nuestra forma de pensar.

Y ahí comienza el problema.

El amor no tiene credencial partidista

El humanismo, entendido como una tradición ética y filosófica, coloca la dignidad de las personas en el centro de nuestras preocupaciones.

Reconoce el valor de la libertad, la razón, la responsabilidad y la convivencia entre seres humanos que no necesariamente piensan igual.

No exige militar en un partido, simpatizar con un presidente o identificarse con determinada corriente política.

Hay personas solidarias en la izquierda, en la derecha y en el centro. También hay intolerancia, corrupción, egoísmo y autoritarismo en distintas expresiones ideológicas.

No es una cuestión de etiquetas, sino de conductas.

Reducir a toda la derecha al odio constituye una generalización que sustituye la discusión de propuestas por una descalificación moral.

Y sería igualmente equivocado afirmar que toda la izquierda representa el resentimiento, la violencia o el autoritarismo.

Las sociedades democráticas son demasiado diversas para encerrarlas en semejantes simplificaciones.

Ningún partido tiene el monopolio de la bondad. Y ningún adversario político merece ser condenado colectivamente por pensar diferente.

Cuando el gobierno decide quién ama al pueblo

El discurso presidencial plantea una división que conviene examinar.

Por un lado, quienes se presentan como humanistas y defensores del pueblo.

Por el otro, quienes son descritos como representantes del odio.

Esta forma de comunicación política no es nueva. La construcción de identidades colectivas mediante la confrontación tiene una larga historia y aparece en movimientos de diferentes orientaciones ideológicas.

Sin embargo, adquiere otra dimensión cuando procede de la titular del Poder Ejecutivo.

La presidencia puede defender su proyecto, criticar a sus adversarios y cuestionar las posiciones de otros partidos. Es parte de la libertad de expresión y del debate democrático. Y cada ciudadano tiene el mismo derecho. Pero, en el poder, también gobiernan para millones de mexicanos que no votaron por ella y su partido, que no simpatizan con Morena o que simplemente consideran equivocadas algunas de sus decisiones.

Esos ciudadanos no dejan de formar parte del pueblo por disentir.

No somos menos mexicanos.

No tenemos menos derechos.

Y el desacuerdo no demuestra, por sí mismo, que alberguemos odio.

Una democracia necesita oposición, contrapesos, prensa crítica y ciudadanos capaces de cuestionar al poder.

La crítica al gobierno no es una declaración de odio. Puede ser, precisamente, una forma de compromiso con el país.

¿Humanismo mexicano o humanismo selectivo?

La presidenta ha defendido reiteradamente el concepto de Humanismo Mexicano como fundamento de su proyecto político.

Desde esa perspectiva, sus partidarios destacan la importancia de la justicia social, el combate a la desigualdad, la redistribución de recursos y la atención prioritaria a las personas más vulnerables.

Son objetivos que merecen discutirse a partir de sus políticas, resultados y consecuencias.

En una conferencia anterior, el 9 de febrero de 2026, Sheinbaum había señalado que el amor era un antídoto contra el odio y había asociado su proyecto con la fraternidad y el bienestar social.

El problema no está en promover el amor al pueblo.

El problema aparece cuando ese amor se presenta como una cualidad exclusiva de un movimiento, mientras se atribuye a sus opositores una condición moral negativa.

Porque el humanismo no puede medirse solamente por las intenciones declaradas.

Debe reflejarse en el respeto a los derechos humanos, la protección de las libertades, el trato digno a las víctimas, la rendición de cuentas y la disposición a escuchar críticas.

Un gobierno que invoca el humanismo también debe permitir que sus decisiones sean cuestionadas sin presentar automáticamente el desacuerdo como una agresión.

Y esa exigencia debe aplicarse a cualquier gobierno, independientemente de su partido.

Del adversario al enemigo

Existe una diferencia fundamental entre considerar equivocadas las ideas de alguien y considerar moralmente inferior a la persona que las sostiene.

La primera postura permite discutir.

La segunda dificulta cualquier posibilidad de diálogo.

Cuando las diferencias políticas se presentan como una batalla entre quienes aman y quienes odian, las propuestas corren el riesgo de quedar subordinadas a una competencia por demostrar superioridad moral.

Ya no importa tanto quién ofrece mejores soluciones a la inseguridad, la educación, la salud o la economía.

Importa quién logra presentarse como el representante legítimo del pueblo.

Pero México no necesita dividir a sus ciudadanos entre buenos y malos para resolver sus problemas.

Necesita políticas públicas que funcionen, instituciones que respondan y autoridades dispuestas a rendir cuentas.

La pobreza no desaparece porque un gobierno declare amar a los pobres.

La inseguridad no se resuelve definiendo ideológicamente a los delincuentes.

La corrupción no se combate únicamente proclamando honestidad.

Y la democracia no se fortalece atribuyendo virtudes a los aliados y defectos a los adversarios.

Las buenas intenciones deben convertirse en resultados verificables.

Amar al pueblo también significa escuchar a quien te contradice

Quizá la prueba más difícil del humanismo no consiste en demostrar afecto solamente por quienes nos aplauden.

Consiste en reconocer la dignidad de quienes nos contradicen.

Escuchar a quien protesta.

Respetar a quien investiga.

Responder a quien pregunta.

Aceptar que una crítica puede ser legítima, incluso cuando resulta incómoda.

Y comprender que ningún triunfo electoral convierte a un partido en propietario de la nación.

Una presidencia puede tener convicciones profundas y defenderlas con firmeza. Lo que no puede esperarse de una democracia plural es que todos los ciudadanos compartan esas convicciones.

El pluralismo no es una amenaza que deba eliminarse.

Es una característica fundamental de la convivencia democrática.

Y si queremos hablar de humanismo, convendría comenzar por admitir que una persona puede ser conservadora y solidaria, liberal y compasiva, socialdemócrata y crítica, o simplemente apartidista y profundamente comprometida con su comunidad.

Las etiquetas políticas no sustituyen las virtudes humanas.

Hay algo particularmente interesante en esta controversia.

Vivimos una época en la que hablamos constantemente de inteligencia artificial, pero seguimos enfrentando enormes dificultades para ejercer nuestra inteligencia emocional.

Discrepamos, nos ofendemos, etiquetamos, bloqueamos y descalificamos.

Con demasiada frecuencia, confundimos el debate con la confrontación y la firmeza con la intolerancia.

Por eso vale la pena preguntarnos qué clase de conversación pública queremos construir.

Una en la que cada diferencia se convierta en una batalla moral.

O una en la que podamos discutir con firmeza, exigir responsabilidades y reconocer la dignidad de nuestros interlocutores.

El humanismo que merece ese nombre no debería exigir adhesión ideológica.

Debería invitar a la convivencia, al respeto, a la responsabilidad y a la solidaridad.

Porque amar al pueblo no puede significar amar solamente a la parte del pueblo que coincide con nosotros.

Y gobernar para todos exige reconocer también a quienes piensan distinto.

Una Reflexión final, Señora presidenta:

Si el humanismo es amor al pueblo, entonces también debe incluir el respeto a ese pueblo que no piensa como usted.

Porque no toda la derecha es odio.

Como tampoco toda la izquierda es amor.

En ambos lados hay seres humanos, con virtudes, defectos, contradicciones y aspiraciones legítimas.

Tal vez deberíamos dejar de repartir certificados ideológicos de bondad y comenzar a evaluar a nuestros gobernantes por sus decisiones, sus resultados y su respeto a las libertades.

Después de todo, el amor al pueblo no se demuestra señalando a quién debemos odiar, sino respetando la dignidad de todos, incluso de quienes no nos aman políticamente.

Y eso, más que una consigna, sería una verdadera demostración de humanismo.

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