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El dólar cede ante el peso… aquí lo te lo explicamos

Publicado: enero 2, 2026
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La frase se repite en titulares, noticieros y redes sociales como si se tratara de una verdad incuestionable, casi un triunfo económico nacional. Pero basta detenerse un momento, hacer una simple operación mental y observar la realidad cotidiana para darse cuenta de que esa afirmación es, en el mejor de los casos, engañosa; y en el peor, un absurdo. ¡Y no se necesita ni haber estudiado economía en alguna universidad, ni ser muy inteligente.

Decir que el dólar cede ante el peso cuando el tipo de cambio ronda entre los 17 y 18 pesos por dólar implica una confusión básica de enormes proporciones. No estamos hablando de 17 dólares por un peso, ni de 1.5 dólares por un peso. Estamos hablando de que se necesitan 17.50 pesos para comprar un solo dólar. Llamar a eso “fortaleza” del peso es tan ilógico como afirmar que alguien gana más porque ahora necesita más billetes para comprar lo mismo. Y por cierto el billete verde, cierra la semana más cerca de 18, que de 17.

Desde Feeling.Mx, insistimos en algo básico pero necesario:
la economía no se mide solo en pizarras electrónicas ni en frases optimistas, sino en la mesa en casa, el mercado y el bolsillo.

La narrativa oficial y mediática juega con la percepción, no con el bolsillo. Porque mientras se celebra que el dólar “baja”, el poder adquisitivo del salario en México sigue cayendo. Hoy se compra menos con el mismo ingreso. La canasta básica cuesta más. Los servicios suben. El transporte, la vivienda, los alimentos y hasta el ocio se encarecen. El peso puede verse “estable” frente al dólar en la gráfica, pero está claramente debilitado frente a la realidad diaria de millones de personas.

Aquí aparece la primera gran contradicción:
si el peso fuera realmente fuerte, alcanzaría para más, no para menos.

Otro factor que rara vez se explica con claridad es que cada vez se usan menos dólares como antes. No solo porque viajar al extranjero es más caro, sino porque ahorrar en dólares dejó de ser atractivo para muchos. En lugar de eso, una parte del capital global —y también local— ha migrado hacia activos digitales como Bitcoin, impulsando su precio a niveles que muchos califican, con razón, como desproporcionados o incluso absurdos.

Esta migración no es ideológica ni romántica: es financiera. El dinero busca refugio, rendimiento y liquidez. Y en un entorno de inflación persistente, incertidumbre política y desconfianza institucional, las criptomonedas se convirtieron en una alternativa para quienes ya no creen ni en el peso ni en el dólar como reserva de valor a largo plazo.

Pero hay otro elemento clave que suele maquillarse en el discurso público: el diferencial de tasas de interés entre México y Estados Unidos. México mantiene tasas elevadas, lo que atrae capitales financieros de corto plazo hacia instrumentos denominados en pesos. No es confianza productiva; es dinero golondrino. Capital que entra para aprovechar el rendimiento, no para invertir en fábricas, empleos o innovación.

Ese flujo financiero aprecia artificialmente al peso, pero no genera bienestar estructural. Es un fenómeno contable, no social. Cuando las condiciones cambian —como ya ha ocurrido en otras etapas— ese capital se va tan rápido como llegó, dejando volatilidad y vulnerabilidad.

Mientras tanto, en Estados Unidos el costo del dinero es menor. El crédito es más barato. Financiar proyectos, consumir o invertir cuesta menos que en México. Esa diferencia explica por qué muchas empresas prefieren endeudarse allá y no aquí, y por qué la supuesta fortaleza del peso no se traduce en crecimiento real para la economía nacional.

Y aquí está el punto central que no se quiere discutir:
una moneda no es fuerte porque se repita que lo es, sino porque mejora la vida de quienes la usan.

Si el salario alcanza menos.
Si ahorrar es un lujo.
Si el crédito es caro.
Si los precios suben.
Si el crecimiento productivo no despega.

Entonces no hay fortaleza, hay retórica.

Hablar de que el dólar cede ante el peso sin explicar estas variables es construir una ilusión. Una ilusión cómoda para el discurso político, pero peligrosa para la comprensión económica. Porque confunde estabilidad con bienestar, y tipo de cambio con prosperidad.

El verdadero debate no es si el dólar sube o baja unos centavos.
El debate es por qué cada vez cuesta más vivir, incluso cuando nos dicen que todo va bien.

Nota final:
En 1991 el dólar costaba poco más de tres mil pesos.
En 1993, por decreto, le quitaron tres ceros a la moneda.

El tipo de cambio no se corrigió: se maquilló.
Así que la pregunta sigue vigente, incómoda y necesaria:

¿Nos faltan ceros… o nos sobran dólares?

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