Remesas en aumento se volvieron un jugoso negocio fiscal para EE.UU.
No hay gesto más cotidiano y conmovedor que un migrante enviando dinero a casa. Es un acto de responsabilidad, de amor y de resistencia silenciosa. Pero para Donald Trump, parece que también es una oportunidad fiscal. En su nueva propuesta, el presidente estadounidense plantea un impuesto del 3.5% a las remesas enviadas al extranjero. Traducido: quiere quedarse con una parte del salario que un trabajador migrante gana rompiéndose el lomo en otro país.
Trump propone un impuesto al dinero que mandan los migrantes a sus países de origen
La propuesta fiscal del presidente de Estados Unidos incluye un impuesto del 3,5 por ciento a las remesas. Si el Senado aprueba la medida, será un duro golpe para las regiones de México donde… pic.twitter.com/qNs1Vv8uNm
— DW Español (@dw_espanol) June 5, 2025
La lógica de Trump es simple, en su estilo particular de realismo brutote: si los migrantes no votan, entonces pueden pagar. Pero el impacto de esta medida, si el Senado la aprueba, no se queda en el terreno simbólico. En muchas regiones de México, las remesas no son solo ayuda: son columna vertebral. Según datos del Banco de México, hay estados donde representan hasta una cuarta parte del PIB local. Y no solo en México: Centroamérica, Haití, partes del Caribe y hasta algunas regiones de Asia dependen de esos flujos económicos como de un respirador artificial.
Este impuesto no solo es un castigo a los migrantes. Es un castigo a sus familias. A sus madres, a sus hijos, a sus pueblos enteros. A cada niño que come, estudia o se vacuna gracias a ese dinero. Trump no está gravando el lujo, está gravando la supervivencia.
El argumento oficial, por supuesto, será la seguridad, la soberanía, el “orden fiscal” o cualquier otro término que suene a firmeza nacionalista. Pero en el fondo, es un gesto desesperado por rascar recursos en el lugar más fácil: los bolsillos más vulnerables que no tienen lobby, no tienen sindicato y apenas tienen voz.
Este impuesto, si se impone, sentaría un precedente nefasto: que el afecto transfronterizo puede ser monetizado; que los lazos familiares están sujetos a comisión; que trabajar en el extranjero y ayudar a los tuyos te convierte en blanco fiscal.
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Gravar las remesas no es política económica. Es política de rencor. Una que convierte a los migrantes en cajeros automáticos del presupuesto federal. Porque en el fondo, Trump no quiere evitar que manden dinero. Quiere su tajada. Y lo que se dibuja como «recaudación» es, en realidad, una multa por tener corazón a larga distancia.
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