La libertad de expresión no es un eslogan, es un músculo. Y hay que usarlo o se atrofia
La libertad de expresión suele pasearse en discursos políticos como si fuera un souvenir de democracia.
Todos la mencionan, todos la defienden, todos la aplauden. Pero a la hora de ejercerse de verdad —cuando molesta, cuando incomoda, cuando contradice— ahí sí que empieza el festival de las excepciones, las censuras y los «pero no así».
Hoy más que nunca, hablar de libertad de expresión es hablar de su defensa en condiciones reales, no solo teóricas. No basta con que exista en el papel. Tiene que doler, molestar, sacudir. Porque como bien decía George Orwell, “la libertad de expresión es decir aquello que la gente no quiere oír”. Exacto: lo que fastidia, no lo que queda bien en Instagram o Facebook.
La historia nos ha repetido en todas las lenguas posibles que este derecho no es un premio por portarse bien. Es un campo de batalla donde chocan ideas, convicciones, y a veces, egos frágiles con poder. ¿Y sabes qué? Está bien. Porque una sociedad que no incomoda a nadie no está pensando, está obedeciendo.
La libertad de expresión no es solo para periodistas, ni para intelectuales, ni para tuiteros con seguidores. Es para cualquiera con algo que decir, incluso —y especialmente— si a nadie le gusta oírlo. Es un derecho, sí, pero también un deber. Porque defenderlo no es solo gritar lo que uno piensa; es también aguantar lo que los demás piensan de ti. Sin reportar, sin censurar, sin llorar.
Como recuerda la Declaración Universal de los Derechos Humanos (artículo 19, por si a alguien se le olvidó entre tanta bandera moralista), cada persona tiene derecho a opinar, expresarse y difundir información sin limitaciones de fronteras. Y si a eso le sumas el derecho al pensamiento libre —ese que a veces escasea más que la señal de Wi-Fi en asambleas políticas—, entonces puedes empezar a hablar de una democracia real.
Así que aquí va una verdad incómoda: la libertad de expresión no se agradece, se ejerce. Y si molesta, mejor. Porque cuando las ideas dejan de chocar, lo que viene después no es paz: es silencio. Y ese sí que da miedo.
Ahora sí, exprésate. O no te quejes cuando te apaguen el micrófono.

Temas: 7 de Junio, censura, democracia, Derechos Humanos, libertad de expresion, pensamiento crítico
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