Lluvias de Mayo | Por Rocío Prieto Valdivia
Una de tantas tardes, Carolina miraba por la ventana con curiosidad. La ciudad que se extendía ante ella le parecía tan iluminada y, a la vez, alegre, quizás por las luces que se reflejaban en los charcos de la calle. La lluvia caía suavemente, y el aire fresco de mayo se colaba por la ventana, inundando la habitación y acariciando su rostro.
Pero para Carolina era solo una tarde más. Se repetía esta idea mientras permanecía recostada en su cama, terminando de leer el libro que compró la tarde en que conoció a quien consideraba el amor de su vida. El sonido de la lluvia en el tejado era como un arrullo y, al mismo tiempo, le daba un aire melancólico a la caída del crepúsculo. Parecía como si la ciudad misma se sintiera atrapada en el final de algo que no terminaba de suceder. Carolina dejó escapar un suspiro que, como siempre, parecía mezclarse con el murmullo de la lluvia.
De pronto, en sus pensamientos apareció Óscar, el chico que tanto le agradaba. Parecía que incluso el libro se empeñaba en hacerla divagar en la primera vez que lo vio en aquella cafebrería. Él llevaba puesta su chamarra de cuero, sus jeans deslavados y sus Nike blancos de bota. A Carolina le pareció tan apuesto que, para colmo de males, todo en él emanaba esa loción que la volvía loca: el intenso y dulce aroma de maderas y jazmín persa. Además, entre sus manos sostenía un pequeño libro, «Piedra de sol» de Octavio Paz. Todo era tan irreal, tan ambiguo, y, a la vez, un espiral que no terminaba de ser.
Sin apartar sus pensamientos del pasado ni la vista del libro, leyó:
—Ahí estarás, en algún rincón, esperando a tu gran amor…
Y pensó: «Tal vez deberíamos seguir adelante, con la mirada puesta en otros lugares». Musitó casi para sí misma, con un tono dubitativo, como si el pensamiento aún estuviera a medio formar.
En ese momento, su madre entró al cuarto con una taza de chocolate recién hecho. Carolina no la había percibido ni siquiera escuchó sus pasos al aproximarse. Rebeca, al verla, frunció el ceño con una sonrisa en los labios.
—¿Decías algo, Carolina? —preguntó con curiosidad, pero sin insistir.
Carolina se sobresaltó, como si la presencia de su madre la sacara de un ensueño al que ya estaba acostumbrada. No quería hablar de lo que pasaba en su cabeza, porque tampoco lo entendía del todo. El chico, el amor, la ciudad… Todo se mezclaba en algo que no lograba tomar forma.
—Nada, madre —respondió con rapidez—. Solo pensaba en voz alta.
Rebeca no insistió. Las palabras de Carolina se disolvían como la niebla. La ciudad continuaba con su respiración rítmica, la lluvia seguía cayendo débilmente, como si el mundo estuviera a punto de ceder ante la felicidad deseada por Carolina.
Entonces, se levantó, tomó la taza de chocolate, dejó el libro sobre la mullida cama y cerró la ventana. La ciudad, iluminada y dispersa, seguía ahí, inmutable. Mayo estaba por irse y, con él, quizás, alguna esperanza que no llegaba a concretarse. Un mes más que se esfumaba, igual que los otros, sin nada que se volviera realidad.
Carolina salió de su cuarto y fue con su madre a la cocina. Las grandes encimeras estaban llenas de varios manjares: pan recién horneado, tortillas de harina, salsas, queso y ensalada de frutas. Pero Carolina seguía ensimismada.
—Mayo se va… una vez más —murmuró sin mirar a su madre, como si las palabras, al igual que sus pensamientos, no pudieran quedarse mucho tiempo en su boca ni en su ser.
Rebeca, que había vuelto a la cocina, la dejó en su mutismo. En esas horas tardías, la madre entendía que a veces la soledad debía ser ese todo que uno pudiera ofrecer.
Carolina, en cambio, no quería dejar de pensar en las palabras que nunca había dicho, en los gestos que quedaban suspendidos entre las cosas no resueltas. En las veces que no logró concretar un noviazgo con Óscar, en el beso que nunca llegó a ser y en lo que aún no eran. Un letargo se apoderó de ella, un letargo que le ofrecía una sonrisa como puñetazos que abrían las nubes y hacían de la tarde-noche una inmensa fiesta de luces sobre la ciudad.
Pasaron unos cuantos minutos y, de repente, el timbre de la puerta sonó, sacándola de su ensimismamiento. Fue un sonido inesperado. Por inercia, Carolina pensó de nuevo en Óscar y se acercó a la puerta. Al abrirla, ahí estaba él. Parecía que el destino se empeñaba en ponerlo junto a ella. Sonrió al verlo empapado, con su chaqueta escurriendo y el cabello desordenado por la lluvia.
—¿Óscar? ¿Pero qué haces aquí? —preguntó sin poder evitar que un dejo de sorpresa, nerviosismo y alegría se colara en su voz. No esperaba verlo, y menos esa lluviosa tarde.
—Necesitaba verte. ¿Puedo pasar? —preguntó él, como si nada hubiera cambiado, como si fuera lo más natural del mundo aparecer de la nada.
Carolina, aún indecisa, asintió. Hizo un gesto con la mano para que entrara. No tenía claro por qué estaba allí ni por qué su presencia en ese momento le provocaba algo que no lograba definir. Era una de esas presencias que, como la lluvia, se instalaban sin pedir permiso.
Óscar se quitó la chaqueta, la dejó colgada y se dirigió hacia la sala sin mirar demasiado a su alrededor. Carolina, por su parte, lo observaba con extrañeza. No era la primera vez que él venía a su casa, pero sí, había algo diferente en él. Como si también supiera que las cosas ya no eran lo que antes, aunque no lo dijera.
—¿Qué hacías? —preguntó Óscar al notar que Carolina seguía distraída, mirando por la ventana.
Carolina lo miró sin encontrar las palabras precisas. La verdad era que, a veces, ni ella misma sabía qué pensaba ni por qué pensaba esas cosas. Se limitó a responder con la voz apagada:
—Pensaba que todo es como la lluvia… pasa, pero siempre vuelve.
Óscar la observó con una intensidad que no pudo evitar. No había prisa en su mirada, solo esa calma, de alguien que sabe que los momentos, aunque efímeros, siempre regresan en otra forma.
—Y tal vez eso está bien —respondió él, casi en un susurro—. Porque siempre volvemos, ¿no?
Las palabras colisionaron en el aire, pero ninguno de los dos las entendió por completo. Había algo en ellas que sonaba a despedida, aunque ninguno quisiera reconocerlo. Se quedaron juntos, parados en el ventanal, tomados de la mano, viéndose reflejados en el espejo de agua. La lluvia caía con lentitud mientras mayo se desvanecía sin prisa, tal vez esperando que finalmente se dieran un beso y se mojaran bajo la lluvia.
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