Una crónica de la mierdificación de Internet
Una crónica de la mierdificación de Internet, de la biblioteca universal al centro comercial infinito.
Hubo un tiempo en que entrar a Internet tenía algo de expedición.
Uno encendía la computadora, escuchaba aquel chirrido metálico del módem y esperaba pacientemente a que la máquina consiguiera conectarse con otro mundo. No había algoritmos tratando de adivinar qué nos haría permanecer diez minutos más frente a la pantalla. Había páginas. Muchas horribles. Fondos negros, letras fluorescentes, GIF animados, contadores de visitas y botones que decían “Under Construction”.
Pero eran nuestras.
Internet parecía una ciudad levantada por aficionados. Cada quien construía su pequeño local, su biblioteca, su foro, su página personal.
Y para encontrar algo había que buscarlo. Literalmente. Primero llegó el buscador. Cuando aparecieron los grandes motores de búsqueda, aquello pareció magia. Escribías unas palabras y, en fracciones de segundo, aparecían páginas relacionadas con lo que querías encontrar.

La promesa era extraordinaria:
organizar el conocimiento del mundo. Durante algún tiempo funcionó bastante bien. Si buscabas cómo reparar una cafetera, probablemente encontrabas a alguien que había reparado una. Si querías información sobre fotografía, llegabas al blog de un fotógrafo. Si necesitabas una receta, alguien te decía los ingredientes y cómo prepararla. Sin contarte primero cómo su abuela descubrió el cilantro durante unas vacaciones de verano de 1973.
Internet resolvía problemas.
Y precisamente por eso empezó a valer una fortuna. Después llegaron todos. Las empresas descubrieron que millones de personas pasaban horas conectadas. Los medios llegaron. Las tiendas llegaron. Los bancos llegaron. Los políticos llegaron. La publicidad llegó.
Y entonces ocurrió algo inevitable: alguien preguntó cuánto dinero podía sacarse de aquello. La respuesta fue: muchísimo.
Las páginas empezaron a competir por aparecer primero en los buscadores. Nació una industria entera dedicada a convencer al algoritmo de que una página merecía estar arriba. Al principio aquello tenía sentido. Después comenzó la guerra. Ya no bastaba con escribir la mejor respuesta. Había que escribir la respuesta que Google creyera que era la mejor respuesta. Y esas dos cosas dejaron lentamente de ser lo mismo.
Llegaron las redes sociales.
Después ocurrió otra revolución. Ya no teníamos que ir a buscar Internet. Internet venía a buscarnos. Facebook nos mostró a nuestros amigos. Twitter nos mostró la conversación pública. YouTube convirtió a cualquiera con una cámara en broadcaster. Instagram convirtió el teléfono en escaparate. Parecía maravilloso.Y durante algunos años lo fue. Pero aquellas empresas también necesitaban ganar dinero.
Primero dijeron:
“Invita a tus amigos.”
Después:
“Publica contenido.”
Luego:
“Consigue seguidores.”
Miles de personas trabajaron durante años construyendo comunidades dentro de plataformas que no les pertenecían. Cuando esas comunidades estuvieron suficientemente grandes, apareció el siguiente mensaje: “Si quieres que tus seguidores vean lo que publicas, págame.”
El truco había funcionado.
Habíamos construido gratuitamente el centro comercial. Ahora teníamos que pagar renta para abrir nuestro propio negocio dentro de él.
El algoritmo tomó el volante. Al principio veíamos lo que publicaban las personas que habíamos decidido seguir. Eso resultó demasiado sencillo. Las plataformas descubrieron algo mucho más rentable: mostrar aquello que pudiera mantenernos mirando. No necesariamente lo mejor. No necesariamente lo verdadero. No necesariamente lo que habíamos solicitado. Lo que generara reacción. Indignación. Deseo. Miedo. Curiosidad. Envidia. Morbo.
El objetivo dejó de ser satisfacer al usuario. El objetivo empezó a ser retenerlo. Una persona satisfecha encuentra su respuesta y se marcha. Una persona irritada puede seguir haciendo scroll durante dos horas. Para determinados modelos de negocio, la segunda vale más.
Y entonces Internet aprendió a estorbarnos.
Una mañana descubrimos que abrir una página se había convertido en superar una carrera de obstáculos. “Este sitio utiliza cookies”. Aceptar. “Suscríbete a nuestro boletín.” Cerrar. “¿Quieres recibir notificaciones?” No. “Permítenos conocer tu ubicación.” No. “Reproduce este video automáticamente.” No. “Antes de continuar mira este anuncio.” Bueno. “Desactiva tu bloqueador de publicidad.” ¡Chingada madre! Finalmente llegabas al contenido. Y quizá descubrías que no decía nada.
La gran fábrica de palabras.
Entonces llegó una nueva perversión. Internet descubrió que podía fabricar contenido exclusivamente para capturar búsquedas.
Buscas:
¿Cuánto tiempo tarda un huevo en cocerse? Y recibes: “Desde tiempos ancestrales, el huevo ha formado parte de la alimentación de millones de personas alrededor del mundo…” No pregunté la historia universal del huevo. Pregunté cuánto tarda. Pero responder simplemente “entre 8 y 10 minutos” produce muy pocas oportunidades para colocar publicidad. Así nacieron millones de páginas con miles de palabras cuyo propósito no era informar. Era hacerte permanecer dentro de ellas. Más palabras. Menos información.
El comercio también aprendió el truco.
Las plataformas comerciales comenzaron facilitando compras. Después descubrieron que podían cobrar a los vendedores por aparecer antes. Entonces una búsqueda dejó de responder necesariamente: “¿Cuál es el mejor producto?”. Y comenzó a responder: “¿Quién pagó para aparecer primero?”.
Los resultados orgánicos fueron desplazándose.
Publicidad.
Patrocinados.
Recomendados.
Promocionados.
Pura publicidad disfrazada de resultado.
Y en algún momento empezamos a necesitar buscar dónde terminaban los anuncios para descubrir dónde comenzaba realmente Internet. Las plataformas comenzaron a ordeñar ambos lados Aquí aparece la palabra que resume todo esto:
Enshittification, o en español: Mierdificación.
La idea es brutalmente sencilla. Una plataforma empieza siendo excelente para los usuarios porque necesita atraerlos. Cuando los tiene atrapados, comienza a empeorar la experiencia para beneficiar a quienes pagan. Cuando también tiene atrapados a anunciantes, vendedores y productores, comienza a exprimirlos a ellos. Finalmente la plataforma concentra el valor.
Y todos los demás reciben menos. El usuario. El creador. El vendedor. El medio. El desarrollador. Todos excepto la plataforma.
Y cuando pensábamos que ya había suficiente basura… llegó la inteligencia artificial
La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria. Puede investigar, traducir, resumir, programar, crear música, editar imágenes y multiplicar capacidades humanas. Pero Internet descubrió inmediatamente otra posibilidad: fabricar basura a escala industrial.
Antes alguien podía crear diez páginas inútiles. Ahora puede producir diez mil. Textos automáticos. Videos automáticos. Voces automáticas. Fotos automáticas. Comentarios automáticos. Reseñas automáticas. Personas que no existen recomendando productos que nunca probaron.
Artículos generados por máquinas para aparecer en buscadores administrados por máquinas y ser leídos por otras máquinas que después utilizan esos mismos artículos para contestarle a un ser humano. Una serpiente digital comiéndose su propia cola.
La red comienza a llenarse de contenido que existe únicamente porque otro algoritmo puede consumirlo.
Mucho contenido. Poca experiencia. Poca vida. Poca humanidad.
Y aquí estamos.
Tenemos computadoras miles de veces más poderosas que aquellas con las que comenzó Internet. Conexiones extraordinariamente rápidas. Toda la música. Todos los mapas. Millones de libros. Miles de millones de fotografías. Bibliotecas completas. Universidades. Museos. Periódicos. Películas. Conocimiento humano acumulado durante siglos disponible en un aparato que llevamos en el bolsillo.
Y aun así… cada vez resulta más frecuente escribir una pregunta sencilla y recibir publicidad, basura optimizada, contenido patrocinado, videos irrelevantes y respuestas fabricadas para mantenernos mirando.
Esa quizá sea la gran ironía de nuestra época.
Nunca tuvimos tanta información. Nunca fue tan fácil publicarla. Y nunca había existido tanta basura compitiendo por nuestra atención.
Pero Internet todavía está ahí.
Conviene no confundir Internet con las plataformas que hoy dominan nuestra experiencia dentro de ella. Todavía existen investigadores compartiendo conocimiento. Programadores ayudándose. Periodistas investigando. Profesores enseñando. Artistas creando. Podcasters conversando. Fotógrafos mostrando el mundo. Personas escribiendo simplemente porque tienen algo que contar.
Ahí sigue viviendo aquella vieja promesa. Debajo de las cookies. De los anuncios. Del algoritmo. Del SEO. De los patrocinados. Del contenido basura. De la mierdificación. Quizá la próxima revolución digital no consista en crear una computadora más poderosa. Ni otra red social. Ni otra aplicación. Ni siquiera otra inteligencia artificial.
Quizá sea mucho más sencilla.
Volver a poner a las personas en el centro. Que buscar vuelva a significar encontrar. Que seguir vuelva a significar decidir qué queremos ver. Que crear vuelva a significar comunicar algo y no solamente alimentar un algoritmo. Y que Internet vuelva a recordar para qué nació.
No para mantenernos pegados a una pantalla. No para vendernos algo cada quince segundos. No para convertir cada minuto de nuestra atención en inventario publicitario. Sino para algo extraordinariamente humano: conectarnos, compartir conocimiento y descubrir cosas que todavía no sabíamos.
Porque Internet no se fue a la mierda de golpe. Fue poquito a poquito. Un anuncio más. Una ventana emergente más. Una recomendación patrocinada más. Un algoritmo más. Un clic más. Hasta que un día entramos buscando una respuesta…
y descubrimos que nosotros siempre fuimos el producto.
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