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Cuando el discurso oficial normaliza al narco como empleador en Cd Mx | VIDEO

Publicado: enero 7, 2026
Cuando el discurso oficial normaliza al narco como empleador en Cd Mx | VIDEO Compartido por:

Cuando el discurso oficial sobre el narcotráfico en México cruza la línea peligrosa. Se afirma, desde una vocería partidista, que el crimen organizado es uno de los principales empleadores del país. El problema no es describir una realidad compleja, sino cómo se describe y desde dónde se legitima.

La frase atribuida a Adriana Marín, encargada de Comunicación del Grupo Parlamentario de Morena en el Congreso de la Ciudad de México, se volvió tendencia no por casualidad, sino por lo que implica: afirmar que el narcotráfico es “uno de los principales empleadores a nivel nacional” y que, por esa razón, es difícil combatirlo.

La afirmación no es técnicamente falsa si se reduce a una lectura estadística cruda. El crimen organizado, en efecto, recluta, paga y sostiene a miles de personas en distintas regiones del país. Pero convertir ese dato en argumento público, sin contexto ni condena explícita, es cruzar una frontera peligrosa: la normalización del crimen como actor económico.

Cuando desde una voz institucional se habla del narcotráfico como “empleador”, el lenguaje deja de ser neutral. El lenguaje construye realidad. Y esa construcción tiene consecuencias.

No es lo mismo decir que el crimen organizado recluta por ausencia del Estado, que sugerir —aunque sea de forma indirecta— que su fuerza radica en su capacidad de dar trabajo. La primera es una denuncia. La segunda, una justificación implícita.

Ahí es donde el debate deja de ser técnico y se vuelve ético y político.

Porque si el narco es presentado como un “empleador”, ¿qué sigue?
¿Reconocerle un rol social?
¿Aceptar su presencia como inevitable?
¿Administrar su impacto en lugar de combatirlo?

El problema no es que se describa una realidad compleja. El problema es cómo se describe y desde dónde. No es lo mismo un análisis académico que una vocería partidista. No es lo mismo una explicación sociológica que un mensaje emitido desde la comunicación oficial de un grupo parlamentario que gobierna.

México ha vivido durante años una narrativa ambigua frente al crimen organizado. Se condena la violencia en el discurso, pero se relativiza la responsabilidad del Estado. Se habla de “jóvenes sin opciones”, pero se omite que el Estado sí tiene la obligación de crear esas opciones. Se diagnostica el problema, pero se diluye la exigencia de combatirlo.

Y cuando esa ambigüedad se vuelve tendencia, no es por mala fe del público, sino porque algo se dijo mal.

La indignación no surge porque alguien haya descubierto que el narco recluta. Eso es sabido desde hace décadas. La indignación surge porque la frase parece desplazar el foco: del crimen al mercado laboral, del delito a la economía, de la responsabilidad estatal a la inevitabilidad social.

Ese desplazamiento es peligroso.

Porque cuando el crimen organizado se justifica como fuente de empleo, el mensaje implícito es devastador: que la falta de oportunidades explica, e incluso excusa, la existencia del narco. Y no. La falta de oportunidades explica la vulnerabilidad social, pero no legitima la violencia, la extorsión, el secuestro ni el asesinato.

El Estado no puede competir con el narco en salarios, pero sí debe competir en legalidad, presencia territorial, educación, seguridad y justicia. Renunciar a eso en el discurso es renunciar a ello en la práctica.

Las palabras importan. Importan más cuando provienen de quienes representan a un poder público. Importan todavía más cuando reflejan una narrativa que empieza a permear como sentido común: que el narco es un síntoma inevitable del sistema, no una estructura criminal que debe ser desmantelada.

Por eso esta declaración se volvió tendencia. No por morbo. No por exageración. Sino porque refleja una preocupación profunda: cuando el crimen se normaliza en el discurso oficial, la derrota deja de ser militar o policial; se vuelve moral.

El problema ya no es solo cuántos muertos hay.
Es qué estamos dispuestos a aceptar como normal.

Y cuando el narco empieza a ser descrito como “empleador”, el problema ya no es solo la violencia.
Es el relato desde el poder.

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