Los caminos que no se caminan… y los desastres que sí provocan | +Audio
«No hay manía más desastrosa ni capricho más peligroso que el de la especulación de los caminos no recorridos».
Leí hace poco por ahí que lo dijo Juan Gabriel, o Alberto Aguilera, el que inventó a Juan Gabriel.

Esa extraña obsesión humana de imaginar cómo sería la vida si hubiéramos tomado otra decisión, si hubiéramos elegido otro amor, si hubiéramos apostado por aquella oportunidad, si hubiéramos dicho que sí, o si hubiéramos tenido el valor de decir que no.
La mente convierte lo que no fue en un espejismo perfecto… y lo que sí tenemos en un error permanente.
La trampa es sutil: lo que nunca ocurrió se vuelve imposible de cuestionar. No tuvo tropiezos, no exigió sacrificios, no mostró su verdadera caída. No existe… pero brilla como si fuera oro pulido.
Y lo que verdaderamente vivimos —con sus aciertos, dolores, logros, pérdidas y cicatrices— es lo único que se presta a juicio.
La especulación del camino no recorrido no solo roba paz. Roba dignidad.
Nos coloca como víctimas de decisiones imaginarias, como prisioneros de un futuro paralelo que nunca existió. Y mientras uno se obsesiona con esa versión fantasiosa de la vida, descuida la única que es real.
Ninguna vida es perfecta.
Ninguna ruta está librada de baches.
Ningún destino es “mejor” simplemente por no haber sido transitado.
El problema es que el ser humano —especialmente cuando se siente vulnerable, cansado o frustrado— se vuelve experto en idealizar lo que no vivió. Y ahí se instala la manía destructiva: la nostalgia por aquello que nunca ocurrió.
Pero lo que define a una persona no son las rutas imaginarias, sino las que sí tuvo el valor de caminar.
Tus errores, tus aciertos, tus heridas, tus decisiones difíciles, tus noches de incertidumbre… todo eso te construyó.
La especulación de los caminos no recorridos solo sirve para alimentar un monstruo: la incapacidad de aceptar tu propia historia.
Y ese es el verdadero peligro.
Porque quien vive mirando hacia lo que no fue, jamás verá lo que todavía puede ser.
No hay manía más desastrosa que vivir en la fantasía de una vida inexistente.
Y no hay acto más valiente que abrazar la vida real, con todo y sus curvas, sus silencios, sus sorpresas y sus montañas.
Lo que no se caminó, no importa.
Lo que sí estás caminando…
eso es tuyo.
Eso es verdad.
Y eso —aunque duela, aunque pese, aunque te cueste— es infinitamente más valioso.
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