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El pantalón, el patrón y la realidad que nadie quiere ver

El pantalón, el patrón y la realidad que nadie quiere ver Compartido por:

Hace unos días que circula una reflexión:

“Cuando un trabajador fabrica un pantalón y le pagan $10,000, pero el patrón lo vende en $200,000, el empleador se hace rico mientras el trabajador sigue pobre.”

Suena redondo, ¿verdad?
Simple, contundente, moralmente satisfactorio.
Pero también profundamente simplista.

Ese “excedente” de $190,000 no es ganancia pura.
Es la suma de los costos que la publicación, deliberadamente omite u olvida:
la tela, los hilos, la maquinaria, la luz, el alquiler, los impuestos, la publicidad, la nómina de los vendedores, las comisiones de las plataformas, los seguros, las pérdidas y, por supuesto, los pantalones que nadie compró.

El trabajador recibe su pago fijo.
El empresario, en cambio, no tiene garantía de cobrar nada.
Si el pantalón no se vende, él asume la pérdida.
El trabajador no arriesga su patrimonio; el empresario sí.
Por eso la relación no es injusta por naturaleza: es asimétrica por estructura.

El empresario arriesga capital, reputación y futuro.
El trabajador arriesga tiempo y esfuerzo.
Ambos son necesarios, pero no intercambiables.

Y aquí viene el detalle que incomoda:
sin inversión, no hay empleo.
No hay fábrica, no hay tela, no hay hilo, no hay nada.
El capitalista —ese personaje odiado en los discursos fáciles— es quien crea el espacio donde el trabajo puede convertirse en ingreso.

Claro que hay abusos.
Hay empresarios que explotan y hay sistemas que perpetúan desigualdad.
Pero creer que todo el problema radica en que “el patrón se queda con el excedente” es infantilizar la economía.
Es ignorar que el riesgo y la responsabilidad también tienen valor.

¿Y la alternativa?
El trabajador puede hacerlo por su cuenta en la economía de libre mercado.
Comprar su máquina, alquilar un local, registrar su marca, producir, vender, pagar impuestos, asumir robos, devoluciones y multas.
Si le va bien, contratará a alguien que lo ayude…
y ese día, sin darse cuenta, se convertirá en el “capitalista” que antes criticaba.

Porque el verdadero enemigo no es quien emprende, sino quien manipula.
No es quien crea empleo, sino quien destruye la libertad económica bajo la bandera de la “justicia social”.

El capitalismo tiene defectos, sí, pero es el único sistema que permite al trabajador transformarse en empresario sin pedir permiso.
Y eso —aunque moleste a los moralistas del teclado— es precisamente lo que más temen los que viven del discurso anticapitalista:
que el trabajador descubra que puede dejar de ser empleado… y volverse dueño.

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