Parlamento, no Congreso: la evolución pendiente de México
México lleva más de un siglo intentando perfeccionar un sistema que nació presidencialista, se volvió centralista y terminó autoritario en la práctica. Aunque se repartan los colores y cambien las siglas, el modelo político mexicano sigue girando alrededor de una figura: LA DE QUIEN OCUOPA LA PRESIDENCIA, con más poder del que la democracia moderna puede justificar.
Mientras los países más estables del mundo evolucionaron hacia modelos parlamentarios, México continúa atrapado en un esquema donde una sola persona concentra decisiones, controla presupuestos y define el rumbo de toda una nación. El resultado es visible: parálisis legislativa, crisis de representación y gobiernos que colapsan con cada cambio de sexenio.
El mito del poder absoluto
El presidencialismo mexicano se convirtió en una religión política. Cada seis años esperamos que el nuevo líder “salve al país”, solo para descubrir que ninguna figura, por más carismática o autoritaria que sea, puede con la carga de un Estado que funciona a punta de decretos.
Un sistema parlamentario, en cambio, reparte el poder, exige negociación constante y permite reemplazar a un mal primer ministro sin crisis institucional. Es un equilibrio dinámico, no un absolutismo disfrazado de democracia.
De los seis años a la responsabilidad constante
Reducir el mandato presidencial de seis a cuatro años sería un paso natural. Menos tiempo para improvisar, más presión para cumplir.
Pero lo esencial no es la duración del mandato, sino el modelo: pasar de un sistema donde el presidente “manda” a uno donde el parlamento gobierna y fiscaliza.
En el presidencialismo, los errores se heredan; en el parlamentarismo, se corrigen en marcha. Si un gobierno falla, el parlamento puede sustituirlo sin paralizar al país. Esa es la diferencia entre una república madura y una que sigue viviendo del caudillismo.
Menos políticos, más resultados
Hoy México mantiene una burocracia legislativa costosa e ineficiente. Un parlamento funcional podría reducir el número de legisladores y hacerlos verdaderamente responsables ante sus votantes.
El objetivo no es tener más representantes, sino mejores representantes. Los parlamentos modernos —como los de Reino Unido, Canadá o Alemania— funcionan con disciplina, profesionalismo y visión de Estado. Aquí, en cambio, seguimos atrapados en debates de insultos y aplausos partidistas.
El salto pendiente
No se trata de copiar modelos extranjeros, sino de aprender de lo que funciona. Un parlamento mexicano significaría un país con menos concentración de poder, más transparencia, y sobre todo, una ciudadanía más participativa.
México necesita dejar atrás el culto a la figura de quien sea presidente y abrazar la idea de un gobierno corresponsable.
El futuro no será del hombre o la mujer fuerte, sino de las instituciones fuertes.
Porque un país no progresa cuando un solo ente de poder decide por todos,
sino cuando todos deciden por el país.
Ya va siendo hora de cambiar el guion del discurso, ¿no?
México necesita menos discursos y más decisiones…
Publicado por Max Adame en Domingo, 2 de noviembre de 2025
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