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Grítame cuando veas las estrellas | Por Rocío Prieto Valdivia | Colaboradora

Publicado: enero 26, 2024
Grítame cuando veas las estrellas | Por Rocío Prieto Valdivia | Colaboradora Compartido por:

Fue una noche de otoño cuando ella cerró su voz y su eco quedó en mi memoria como un hielo que me adormece la garganta. Quisiera olvidarme de todo eso, pero aún lo recuerdo como una cicatriz que es burda y no tiene curación alguna.

Sobre la mesita de noche quedaron su celular, su crema y su monedero blanco con negro. Dentro del monedero, un par de billetes de 20 dólares, monedas y unas semillas de eucalipto.

El cuarto, a puerta cerrada, fue la última morada que la vio debilitarse día tras día. Las paredes pintadas de amarillo, el cuadro de su esposo colgado frente a ella. En la cama contigua, yo, su verdugo, dormitaba por momentos, siempre alerta a sus quejidos, a su respiración pausada.

Puedo recordar las últimas noches junto a ella. Y la vez que me quedé dormida. Cuando escuché el estruendo del vaso caer al suelo y me despertó abruptamente, enseguida me levanté y solo atiné a decirle:

—¿Te doy agua?

Enseguida, ella me respondió:

—Pensé que estabas dormida, ¿Cómo te doy lata verdad?

Yo, con los ojos aún adormilados, le contesté:

—No, solo cerré los ojos un momento, ¿quieres platicar? ¿Te acuerdas cuando éramos niñas y tú nos hacías pan?

—¿Te gustaba mi pan de palitroches?

—Sí, me gusta mucho aún. ¿Por qué nos decías que eran palitroches?

—A ti y a Lucy no les gustaba el plátano pero sí el cuento de los palitroches.

Seguimos platicando de muchas cosas. A mí me gustaba escuchar la historia de mi nacimiento, sobretodo las escenas donde se incluían mi padre y ella juntos.

«Cuéntame cómo fue mi nacimiento», le pedí.

Ella volvió a cerrar los ojos. A mí se me podía ver el rostro adormilado y con la boca seca, el bozal en la frente. Siempre que la escuchaba emitir algún sonido, me incorporaba, le limpiaba las flemas, le acomodaba el inhalador y estúpidamente el oxímetro que le cortaba la circulación.

Como pude ser tan estúpida, me lo he repetido tantas veces. Y es que nadie estaba preparado para esta pinche pandemia. Pensé cuando lo compraron mis hermanas que era como los que te ponen en el seguro social durante las cirugías. Solo que el oxímetro portátil no se conecta a ningún lado, solo da el pulso según la oxigenación de tu torrente sanguíneo. A inyectar me enseñé a ciegas, según yo, Jesús, un médico veterinario, me había instruido. Como les iba a decir a mis hermanas que no sabía, me hice la valiente y saqué la casta, ¿qué más podía hacer ya si el maldito barco había zarpado?

Antes ya había inyectado a una gallina, a un perro, pero a un humano jamás. Con la primera inyección me quise desmayar y fingí la sonrisa de Brozo.

— ¿Ves, no te dolió verdad?

— Casi nada, eres buena. Deberías estudiar enfermería.

Claro, su rostro decía otra cosa, apretó los labios mientras el líquido pasaba con lentitud, y yo temerosa sacaba la aguja de su glúteo izquierdo. Le salió una gotita de sangre y un poco del líquido. Rápido le puse la torunda. Por un momento creí que chorros de sangre iban a salirse y cerré los ojos unos milisegundos. Enseguida fingí tener sed y me retiré a llorar al baño. Lo hice por unos diez minutos, me eché un poco de agua fría, me lavé las manos con agua clorada, y volví con un poco de fruta, un té caliente, además lamiendo la cuchara con la poca miel que le quedó después de chorrear la fruta y se la di con un tenedor. Ella apenas abría la boca y masticaba con lentitud.

— No tengo ganas de nada, solo dame el té.

— Ándale, come un pedacito, ya casi es hora de las ibuprofeno.

— Otra vez esas malditas pastillas, siento que me hacen un hueco y me arde el estómago.

— Por eso debes comer algo, anda, le puse miel.

Le ayudé a ponerse cómoda, le arreglé su cabello, le unté crema en sus manos y fingió felicidad por un momento. ¿O es que realmente esa mujer de 65 años era feliz a pesar de la enfermedad?

Mordisqueó con lentitud cada trozo de fruta. Aún tenía fuerzas y sostenía la taza con el té tibio, su favorito de hierbas invernales. Yo odiaba los tés, y el café no lo podía tomar tantas desveladas, y las preocupaciones me daban taquicardias. Ya me empezaba a sentir cansada, tenía ojeras, casi no veía el sol, solo estábamos dos personas, una de mis hermanas y yo, según hicimos un trato: una la cuidaría de noche y la otra de día.

Al cuarto atardecer, mi hermana dormitaba día y noche para anestesiar el dolor, supongo. Algunas veces tuve que tocarle a la puerta para despertarla porque yo me ponía histérica si algún medicamento se terminaba, sobre todo sí ya era de tarde, porque el carro de mi hermana no tenía los faros delanteros en buen estado. Además, les hacía miles de llamadas a los tres restantes que solo se comunicaban vía celular o mensajes de texto. Pinchés mensajes servían de poco, porque nadie vio mi frustración cuando a las dos de la madrugada casi se me ahogaba con las malditas flemas o la vez que me quedé dormida poniéndole el inhalador para abrirle los pulmones y ella pudiera al menos respirar un poco mejor. A mí nadie me dijo que los padres se convierten en tus hijos y hay que abrirles la boca para que coman, ni que tienes que cuidar su respiración, hacer de psicólogo, de testamentaria, cargar tanques de oxígeno que pesan una maldita tonelada. Jamás en mi casa cargué un garrafón porque no lo podía, la verdad no sé cómo jodidos movíamos el tanque de oxígeno, si mal comíamos mi hermana y yo.

Nadie me lo dijo, tampoco me lo imaginé. Siempre cuando no estaba de acuerdo con el compartimento inadecuado según yo de mi enferma, le repetía a mi hermana que ella la iba a cuidar, y terminé siendo yo la madre, la enfermera, su verdugo, su paño lágrimas y la encargada, por si fuera poco, de hacer la peor rabieta del mundo cuando me dijeron que ya había muerto, aunque lo sabía. Mi mente poblada de insertidrume no lo quería aceptar, tiré la mesa con los medicamentos, salí y le grité a mi hermano que era un maricón por no ir a ver a mi madre esa tarde.

Algunas noches quisiera despertar del sueño y no logro hacerlo. Y por si fuera poco, hace días encontré su monedero en mi cajón. Lo abrí y ahí estaba la carta que le escribí como una promesa cuando me convertí en abuela. «Ahí estaré», decía. «Siempre a tu lado». «Grítame cuando veas las estrellas». Ahora todo me hace sentido, mi madre se fue en el otoño del 2020 y su último aliento de voz fue para mí.

Mi hermana le sostenía la mano, yo le besaba la cara y en ese momento abrió sus ojos y mi nombre se fue apagando en sus labios, mientras yo le repetía: te amo, aquí estoy. Todas esas palabras fueron en vano, ella se fue apagando como una estrella que cae del firmamento, y sus ojos grandes y pispiretos dejaron de brillar para iluminar mis noches vacías de sus palabras.

Ella se fue apagando como una estrella que cae del firmamento

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