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El Beso de Sal | Rocío Prieto Valdivia | Colaboradora

Publicado: diciembre 9, 2023
El Beso de Sal | Rocío Prieto Valdivia | Colaboradora Compartido por:

José Carlos la vio alejarse hasta perderse en la bruma espesa de la tarde-noche; aún la cubría el abrigo azul que le había prestado, y sus ojos se inundaron del salino olor que aún le quedaba en los labios.

El beso de sal -Rocío Prieto Valdivia

El beso de sal -Rocío Prieto Valdivia

Había conocido a la mujer tan solo unas horas antes, justo antes de la caída del crepúsculo. Su cabello era tan oscuro como las profundidades del mar; en su rostro, sus pequeños ojos brillaban en la distancia, como lo hacen las pequeñas gotas de fósforo ante el oleaje en las arenas. Esos ojos llamaron tanto la atención de José Carlos como si de un hechizo marino se tratara.

La chica parecía tan irreal que, al ver la imagen que había aparecido junto a él mientras limpiaba la embarcación, se frotó los ojos con los puños. Había regresado de una salida al mar abierto y, cruzando la bahía, sonrió al observar a un pequeño grupo de vaquitas marinas que nadaban libremente hacia su embarcación. Eran tan pocas ya que no pudo evitar mostrar ternura acariciándoles el lomo; aunque su presencia fantasmal podría haber sido una indicación de la inminente extinción de su especie, quizás despidiéndose.

Aun así, José Carlos las observó, acostumbrado al tamaño de las totoabas y otros peces que normalmente capturaba en el Mar de Cortés. Tomó algunas fotografías con su cámara réflex digital. Mientras tomaba notas, una de ellas se acercó curiosa a la embarcación. José Carlos se dio cuenta de que tal vez era la última vaquita marina hembra. Fue el fuerte aroma humano lo que la atrajo. Ella se vio reflejada en los ojos del joven biólogo, que irradiaban confianza, y él, a cambio, le acarició con tal suavidad como si se tratara de una mujer. Inclinándose lo más que pudo desde la embarcación hacia el agua, le dio un beso en la nariz.

Oh, pequeña; eres un rayo de luz. Me gustaría protegerte contra mi pecho, cuidarte para que jamás te extinguieras.

La pequeña vaquita emitió un sonido entre áspero y tenue, pues esas fueron las palabras exactas que ella quería escuchar. Desde el mar, lo vio alejarse en la lancha que atravesaba el escarpado oleaje. Nadó y nadó, intentando alcanzarlo; sin embargo, la lancha era tan rápida que se perdió en la lejanía. La diminuta vaquita empezó a sentirse triste, y las lágrimas de sus ojos salaban aún más el mar.

El dios del Océano, al ver su profunda tristeza, le concedió un deseo. Tendría unas horas para buscar el amor terrenal. Después, ella moriría y, con ella, su especie entera ingresaría al paraíso de las criaturas marinas. Solo serían recordadas en sombríos documentales de la naturaleza.

La vaquita aceptó el trato con el dios, a pesar del descontento entre sus otros compañeros. Con un gesto de su mano en las olas, el dios la transformó en una hermosa criatura terrestre. Sus aletas se convirtieron en delicadas manos, y con gracia nadó durante horas hacia la orilla. Llegó exhausta y desnuda. La princesa Jusnai, guardiana Pai-pai de la bahía de Ensenada, le ofreció uno de sus vestidos tejidos con sargazos.

Ella se lo puso y caminó por la orilla de la playa, apenas mojando sus pies. El agua estaba tibia y espumosa. Llegó al malecón y de ahí al embarcadero donde José Carlos había dejado la lancha de la facultad de ciencias, lugar donde realizaba estudios sobre especies marinas de la región. Al ver al joven, sintió ternura. José Carlos, sin saber que se trataba de la vaquita marina, se sintió atraído por aquella mujer de cabello azabache que se detuvo junto a su lancha.

Ella le sonrió, y juntos caminaron por la orilla del malecón. La niebla comenzaba a adentrarse en el puerto, y ella cruzó los brazos, sintiendo un poco de frío; no estaba acostumbrada a tanto viento en su piel. El biólogo le prestó su abrigo para cubrirla, ya que una densa bruma comenzaba a invadir el ambiente del puerto. Continuaron caminando por el largo malecón, tomados de la mano, pasando junto a la estatua de una mujer esculpida en piedra. José Carlos explicó que se trataba de la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores. Junto al ancla, emblema de la zona portuaria, se abrazaron tiernamente. Y así José Carlos cumplió su promesa: la tuvo cerca, la protegió del frío y ella le dio un beso con sabor a sal. Entrada la noche, se despidió de él, y el biólogo la vio alejarse con su abrigo puesto, saltando sobre las rocas de la playa, hasta que la perdió de vista.

Rocío Prieto Valdivia. Mexicali, Baja California. 1974. Escritora y promotora cultural. Ganadora del Concurso de Relato Amores Mitológicos (2018), de Ciudad del Carmen. Ha publicado poemas y cuentos en revistas como Diario del Sureste, 4 Vientos, Hysteria, La Piraña, Senderos Iberos, Revista Azahar, Vocero, Frontera Esquina y Tijuana Poética.

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