El verano pasado, una parvada de verderones iluminó el balcón de mi apartamento en Berlín. Eran pequeñas aves con picos de un rosa pálido y un plumaje del color de los plátanos maduros. El borde delantero de sus alas grises se volvía amarillo brillante, como una hoja de acero calentada en una forja. Nunca imaginé ver colores tan vívidos cuando llené el comedero que compré como un capricho. Tan solo…