
Estudios comienzan a revelar que el grave daño causado por una crisis inédita excede lo académico y atañe a la vida social, emocional y psicológica de niños y adolescentes.
En las aulas del Taller Escuela María Asunción Guglielmi (TEMAG), poblada de pupitres blancos, llama la atención una pequeña silla roja. Lo que representa esta silla, que siempre permanece vacía, es enorme. “Es un símbolo del derecho a la educación de todas las personas, la oportunidad de tener un futuro mejor. Y nos recuerda que ese derecho no está siendo cumplido para mucha gente”, explica Marcos Roca, director de la escuela. Emplazada en el partido de General San Martín, TEMAG es parte de la red de la asociación civil internacional Fe y Alegría y se enfoca en acompañar a jóvenes y adultos que abandonaron la secundaria, para que puedan terminar sus estudios.
En cada establecimiento de Fe y Alegría en el mundo, hay una silla roja. No es una idea nacida en pandemia: se originó en España, en 2012, para visibilizar a los que no pueden acceder a la educación por situaciones de pobreza, exclusión, conflictos armados, desplazamientos y demás injusticias e inequidades que siguen existiendo en todos lados, bien entrado el siglo XXI. Pero lo que sí sucedió desde la irrupción por el Covid-19, en Argentina y otras naciones, es que estas sillas rojas ya no son las únicas que están vacías.
Nuestro país suspendió las clases presenciales por primera vez el 15 de marzo de 2020. En principio, se anunció como una medida para los siguientes 15 días. Sin embargo,
los primeros en volver a las aulas fueron los estudiantes sanjuaninos, el lunes 10 de agosto, casi cinco meses después. Los siguieron los de otras provincias como Santiago del Estero, Catamarca, San Luis, La Pampa y Formosa, aunque varias tuvieron que volver a cerrar por nuevos brotes del virus.
En la Ciudad de Buenos Aires, los colegios empezaron a abrir sus puertas el 9 de noviembre,
con casi 160 de los 180 días mínimos de clases establecidos por ley realizados en la virtualidad; en paralelo, la provincia de Buenos Aires anunció que el regreso a las aulas se daría recién en 2021.
Así, la Argentina pasó a ubicarse entre los primeros puestos de países de Latinoamérica que más tiempo mantuvieron cerradas las escuelas, en una región que de por sí ya resultó la más afectada del mundo, junto con el Caribe y el sudeste asiático: el promedio de nuestro continente fue de 110 días de clases presenciales perdidas durante 2020, mientras que la media global fue de 74 días (en Medio Oriente se perdieron, en promedio, 80 días; en África subsahariana, 69; en Europa y Asia Central, 45).
En este ranking doloroso, hasta los estudiantes de las naciones más privilegiadas se vieron perjudicados. Por caso, la Universidad de Oxford estudió el efecto del cierre de primarias en los Países Bajos, donde tuvieron ocho semanas sin presencialidad, y se advirtió un déficit de aprendizaje de hasta un 55% mayor para los niños de familias de menor nivel educativo. Ya en julio de 2020, la organización internacional Save the Children advirtió que se trataba de “la mayor emergencia educativa de nuestra historia”. En medios, ONG, agrupaciones de expertos y hasta en chats de WhatsApp de padres, no tardó en hacer eco una misma expresión: “El año perdido”. Por su parte, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) directamente se refirió a la posibilidad de una “generación perdida”, argumentando que los niños estaban sufriendo “daños irreversibles” en su educación, nutrición y bienestar.
Declarar una crisis educativa es referirse a mucho más que un problema académico. Según la árida definición de diccionario, la escuela es “una institución destinada a la enseñanza que proporciona conocimientos que se consideran básicos en la alfabetización”.
Cualquiera que haya sido estudiante sabe que esa acepción apenas roza la superficie de una experiencia multidimensional, que deja una pronunciada huella.
“Está claro que la pandemia tiene un impacto profundísimo en la salud global de los niños, en la que su escolarización es clave, porque la escuela es esencial para varias cosas. No solo es el lugar donde adquieren el conocimiento, sino que ahí forman aspectos emocionales, sociales, y también otros relacionados con la nutrición, la actividad física y la expresión artística.
Es fundamental para el desarrollo y bienestar general, y es también un sitio seguro: hay muchísimas patologías y situaciones de riesgo a las que se ven expuestos los chicos que son detectadas en el ámbito escolar”. Quien habla es Gonzalo Pérez Marc, médico pediatra, jefe de Investigación y Docencia en el Departamento Materno-Infantil del Hospital Militar. En 2020, codirigió dos valiosos trabajos sobre coronavirus: el ensayo clínico (fase III) de la vacuna del laboratorio Pfizer y un estudio sobre el valor del plasma de convaleciente. A toda esta experiencia, suma un doctorado en Medicina, una licenciatura en Filosofía, un magisterio en Bioética y otro en Economía y Gestión de la Salud. Desde esa mirada integral, admite: “Creo que los adultos focalizamos en la salud respiratoria y orgánica de los chicos, pero no le dimos prioridad a su salud social, educativa y psicológica. Ellos se vieron mucho más afectados en todos estos aspectos que por el Covid-19”.