Hasta que la dependencia nos separe
Contigo en las buenas y en las malas. El ideal romántico popular. La manoseada declaración de amor a prueba de todo -más allá de la muerte y todas esas cursilerías- representa a amores ultradependientes que prolongados en el tiempo se vuelven tóxicos.
«La mayoría de las veces estas relaciones terminan en asfixia emocional, en la que ambos quedan con la sensación de que si no está el otro la realidad se vuelve muy amenazante», explica el psiquiatra Lister Rossel. Así son los amores con dependencia extrema, como el cuento de la media naranja.
Una mala noticia: los especialistas coinciden en que esta especie de pánico de temer no estar dentro de un vínculo se da más en las mujeres, que tienen más verbalización y expresión emocional directa. Los hombres callan. No dicen ni pío.
¡Con quién estás, dónde estás, de quién es esa voz!
Los síntomas de una relación enfermiza son múltiples. Llamadas telefónicas a cada rato. Que ¿qué vas a hacer después, con quién estás, de quién es esa voz que escucho a tu lado?, son lugares comunes de esta aflicción. Incluso algunos llegan a crear ‘encuentros casuales’ apareciéndose por el trabajo, por el restaurante que frecuentamos, siguiéndonos como una sombra. Todas estas actitudes dan cuenta de una incipiente celopatía que deriva en asfixia amorosa. Miedo a perderte, paranoia de las ‘amenazas’ externas que me alejen de ti. «O tú o nada», dice el coro del clásico de Pablo Abraira. La sentencia del cantante español es el fiel reflejo de amores tóxicos que se fundamentan en esa idea de que si me dejas, mi vida se acaba, yo no puedo vivir sin ti, ¿quién me va a querer? ¡Aire!
Sin alas no hay autonomía
El dependiente tiene baja autoestima, es inseguro en extremo y tiene la idea de que no es ‘merecedor de’. Por ello no enfrenta el mundo -dice Cartes-, «por temor a fracasar, y así van detrás de alguien». La psicóloga los distingue entre activos y pasivos. Los últimos son más complejos, pues «aparentan debilidad, pero son fuertes. Hasta pueden llegar a enfermarse de verdad, se victimizan y ponen al otro como el gran salvador. El dependiente idealiza, no se hace cargo de sus miedos y espera que el otro cumpla, proteja y le evite el temor al abandono». Es el trastorno de realidad por dependencia, asegura el psicólogo clínico Jorge Rosende. «Esto responde a aspectos que se han dado en la infancia y adolescencia. Por un vínculo ambiguo con los padres o porque no le han entregado al niño un apego seguro, lo que genera un miedo desmedido a la pérdida», cuenta. El doctor Rossel, aporta: «Hay una genética más resiliente y otra más vulnerable. Hay personas que por motivos biológicos son autónomas y autosuficientes, y otras más dependientes». El experto recuerda que Goethe decía que los padres lo que tienen que darles a los hijos son raíces y alas. Cuando faltan las alas se puede generar un vínculo de autonomía insuficiente.
¿Cómo llegamos a un amor tóxico?
Al comienzo de toda relación, aclara la psicóloga experta en relaciones de pareja Claudia Cartes, «el pegosteo es normal, esa necesidad de estar con el otro, de aislarse de los amigos y el mundo». Pero si se prolonga en el tiempo y se ven limitadas la mayoría de las actividades de mi individualidad, se encienden las alertas. Botón de pánico. Adiós amigos, salidas, familia, adiós a mí mismo. Chao, yo. En ese punto nuestro idilio ya es tóxico. Como en la película española Te Doy mis Ojos, señala el doctor Rossel, en la que se entra «en una posesión del otro, de sus tiempos, e incluso de sus pensamientos. Lo que se transforma en una relación con potencial de violencia».
Culpas Compartidas
Este tango, coinciden los especialistas, se baila de a dos. Las culpas son 50 y 50. Y es sano asumirlas. El asfixiado no debe pensar que la vida lo estafó, que por qué siempre a él le tocan estas parejas. No. «El que está aburrido también es algo dependiente y por eso se enganchó. Las culpas son compartidas, porque uno ha tolerado la dependencia del otro y la ha alimentado», dice Cartes. Incluso -agrega Rosende- hay quienes necesitan que estén todo el tiempo detrás de ellos, que los controlen, porque tampoco han desarrollado independencia. Cuando la relación entra en la fase tóxica a veces lo importante es salir, no importa cómo. «En estos vínculos uno de los dos ejerce el poder y va introduciendo el concepto ‘tú sin mí no podrías’, que se vuelve una semiverdad para el otro, que ve muy dañada su autoimagen. Paradójicamente, la disolución genera alivio, aunque el dependiente cree lo contrario», explica el psiquiatra Lister Rossel. Así, el duelo permite recuperar energías, y el alivio posterior a la ruptura es índice de que la relación era enfermiza.
No perder jamás el mundo propio
Aunque son amores complejos, tienen salida. Claudia Cartes pone énfasis en crear espacios. No siempre es aconsejable terminar, ya que a veces hay hijos, un proyecto de vida juntos y «la pareja ve como un problema mayor la ruptura. Entonces deben conversar lo que se necesita y lo que no les está gustando de su relación», explica. Antes de llegar a este extremo, Rosende recalca que lo ideal es poner las cartas claras desde el comienzo, manifestando qué es lo que uno espera de una relación. «Si no quiero asfixia y control tengo que dejarlo muy claro», afirma. Remedio infalible: el equilibrio, combinar una zona de interacción común con un espacio individual. «Se debe aspirar a una amistad profunda, a una complicidad en la que uno arma una unidad, pero desde la diversidad, como la democracia. En la que veo a mi pareja como legítimo otro, como la persona más significativa para mí, la que elijo para hacer mi vida. Porque esto sigue siendo una necesidad: por encima del éxito y del dinero, la aspiración mayor continúa siendo a armar un vínculo de este tipo», asegura Rossel.
Fuente: latercera.com
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