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El miedo también entra por la red

Publicado: noviembre 4, 2026
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El miedo también entra por la red |Por Max Adame | #DesdeFeelingMx | He estado viendo reportes de ataques informáticos contra cadenas de supermercados en Europa. Y hay algo inquietante en esas noticias: para alterar nuestra vida cotidiana ya no hace falta destruir un edificio. Puede bastar con impedir que funcionen los sistemas que permiten cobrar, recibir pedidos y distribuir mercancía.

Uno llega al supermercado pensando en leche, huevos y tortillas. Difícilmente imagina que la posibilidad de llevarlos a casa también depende de servidores, contraseñas, proveedores tecnológicos y personas encargadas de protegerlos.

Hasta que algo falla.

En abril de 2025, la cadena británica Marks & Spencer suspendió la recepción de pedidos en sus páginas y aplicaciones mientras atendía un incidente informático. Sus establecimientos permanecieron abiertos, pero una parte de su operación quedó interrumpida. Meses después, la empresa explicó que su respuesta al ataque había requerido desconectar sistemas de gestión de almacenes, con consecuencias para distintos servicios de compra.

La cooperativa británica Co-op también sufrió un ataque en 2025. En su actualización de resultados publicada en marzo de 2026, calculó un impacto directo de aproximadamente ochenta y seis millones de libras. Detrás de esa cifra hay una lección: la seguridad informática forma parte del funcionamiento de un negocio que abastece a comunidades enteras.

El Centro Nacional de Ciberseguridad del Reino Unido advirtió que los incidentes contra el comercio debían servir como llamada de atención para todas las organizaciones. Su mensaje incluyó tres obligaciones que suelen separarse equivocadamente: prevenir, responder y recuperarse. Porque ninguna defensa ofrece garantías absolutas, pero sí podemos exigir que exista un plan para cuando sea vulnerada.

Aquí aparece una palabra que exige cuidado: terrorismo.

El terrorismo puede utilizar herramientas digitales. También puede buscar el miedo y la alteración de servicios esenciales. Sin embargo, llamar terrorista a cualquier delincuente informático confunde fenómenos que debemos investigar con precisión.

Un grupo puede atacar para extorsionar. Otro, para robar información. Otro puede buscar desestabilizar, sabotear o intimidar por razones políticas. Los efectos pueden parecerse desde la fila de una tienda, pero la intención, los responsables y las respuestas necesarias pueden ser diferentes.

Que una acción produzca terror no basta, por sí solo, para demostrar terrorismo.

Esa precisión fortalece la denuncia. Nos obliga a preguntar quién atacó, qué buscaba, cómo entró y qué falló. La etiqueta más escandalosa nunca debería sustituir la investigación.

La preocupación crece cuando dejamos el supermercado y pensamos en electricidad, agua, hospitales o telecomunicaciones. La Oficina de Rendición de Cuentas del gobierno estadounidense ha documentado riesgos informáticos para la red eléctrica, aunque también advierte que existen incertidumbres sobre la magnitud de los apagones que podría provocar un ataque. Hay motivos para prepararse; las consecuencias exactas no pueden darse por hechas.

Por eso debemos mirar con atención esos videos que anuncian escenarios como un apagón de noventa días en Estados Unidos.

En octubre de 2026 se difundieron reportes sobre FORTRESS, una iniciativa del Pentágono para fortalecer la autonomía de sus instalaciones militares frente a interrupciones de infraestructura y suministros. Ese contexto de preparación no demuestra que exista un apagón nacional anunciado ni permite ponerle fecha a una catástrofe.

Un plan de contingencia describe aquello para lo que una institución quiere estar preparada. Convertirlo en profecía es un salto que necesita pruebas.

Y las redes suelen premiar precisamente ese salto: una torre eléctrica, música de suspenso, una cifra enorme y una pregunta alarmante. La incertidumbre se convierte en espectáculo; el miedo hace el resto.

Informar exige más trabajo. Hay que distinguir un incidente comprobado de una hipótesis, una advertencia de un pronóstico y una vulnerabilidad de un colapso inevitable.

También hay que exigir respuestas concretas a gobiernos y empresas. ¿Cuánto tardarían en restablecer sus servicios? ¿Han probado sus respaldos? ¿Pueden seguir atendiendo funciones esenciales mientras recuperan sus sistemas? ¿Quién explica a los usuarios qué ocurre y qué deben hacer?

En Ensenada, estas preguntas tienen sentido aunque los ataques documentados hayan sucedido a miles de kilómetros. Nuestra vida también depende de servicios conectados. Modernizar una administración implica cuidar la información, capacitar al personal y prever cómo seguir trabajando durante una falla.

La digitalización se presume en ceremonias. Su calidad se demuestra cuando hay problemas.

Las amenazas han ampliado sus herramientas. La delincuencia puede cerrar una puerta desde otra parte del mundo, y el sabotaje puede empezar mucho antes de que alguien vea humo.

Nuestra respuesta necesita preparación, transparencia y periodismo que compruebe antes de amplificar.

Porque una sociedad informada puede exigir mejores defensas. Una sociedad aterrorizada puede terminar compartiendo cualquier cosa.

Y mientras exigimos que nadie secuestre nuestros sistemas, cuidemos también que nadie secuestre nuestro criterio.

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