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Destituyen a Marx Arriaga, y lo desalojan de su oficina en la SEP

Publicado: febrero 13, 2026
Destituyen a Marx Arriaga, y lo desalojan de su oficina en la SEP Compartido por:

Destituyen a Marx Arriaga, y lo desalojan de su oficina, así reacciona el todo poderoso director general de Materiales Educativos de la SEP. Se exhibe en videos sus arrogancia y acusa arbitrariedad.

Hay ironías históricas que parecen escritas por un guionista con sentido del humor negro. Resulta que uno de los ideólogos más visibles del proyecto educativo reciente, identificado públicamente con postulados marxistas y defensor de los nuevos libros de texto de la Secretaría de Educación Pública, termina fuera del aparato que ayudó a moldear. Y entonces la conversación inevitable surge: ¿cómo es que un sistema que presume cohesión ideológica termina aplicando su propia “purga” interna?

No, no estamos en la Unión Soviética de los años treinta. Nadie es enviado al Gulag. Nadie enfrenta un pelotón de fusilamiento. Pero en la política contemporánea —más sofisticada, más mediática y más amable en apariencia— la exclusión también existe. Se le llama relevo institucional, ajuste administrativo o simplemente “cambio de rumbo”. En términos prácticos, es poner a alguien de patitas en la calle.

La referencia a Stalin no es literal, por supuesto. Es una metáfora incómoda. En aquellos años, la lógica era clara: el proyecto era más importante que las personas. Cuando alguien dejaba de ser funcional, era removido. En nuestro tiempo, la dinámica no es sangrienta, pero sí reveladora. Cuando un personaje deja de ser útil, cuando se vuelve incómodo o cuando el costo político supera el beneficio ideológico, la puerta de salida se abre con sorprendente facilidad.

El caso es interesante porque habla de poder, no de simpatías personales. Más allá de que a muchos padres, docentes y especialistas no les hayan gustado los nuevos libros de texto —calificados por críticos como deficientes en forma y fondo— lo relevante es observar cómo opera la estructura política. Quien fue pieza clave en la narrativa educativa de transformación termina siendo desplazado por el mismo sistema que ayudó a construir.

Esto obliga a una reflexión más amplia. Los proyectos políticos suelen construirse con discursos épicos: refundación, cambio histórico, transformación cultural. Pero cuando las piezas empiezan a moverse, la épica se diluye y aparece la pragmática. No importa cuán alineado estés ideológicamente; importa si sigues siendo funcional al momento político.

Las purgas modernas no se anuncian como tales. Se comunican como reestructuras. Y ahí radica la diferencia entre la brutalidad del siglo veinte y la sutileza del siglo veintiuno. Antes se borraba físicamente al adversario interno. Hoy se le reubica, se le congela o se le retira del reflector. El efecto político, aunque menos dramático, es igualmente claro: el proyecto está por encima del individuo.

También hay un componente de narrativa pública. Cuando se diseñaron los libros de texto, la apuesta era confrontativa: ruptura con el modelo anterior, énfasis ideológico, discurso de justicia social. Esa narrativa generó polarización, críticas y debates jurídicos. Con el tiempo, el desgaste mediático puede convertirse en un costo innecesario. Y cuando eso ocurre, las cabezas ruedan… metafóricamente.

La política no se mueve por lealtades eternas. Se mueve por conveniencias coyunturales. El funcionario que ayer era indispensable puede hoy representar un problema comunicacional. El sistema no necesita enemigos externos cuando el conflicto se traslada hacia dentro.

La comparación histórica sirve como advertencia, no como exageración. Los regímenes autoritarios del pasado mostraron que la homogeneidad ideológica absoluta es imposible. Siempre hay disputas internas, luchas de poder y reajustes. En sistemas democráticos contemporáneos, esos ajustes se dan sin violencia física, pero con el mismo principio: preservar la estabilidad del grupo dominante.

Y hay otro ángulo que no conviene ignorar. Las decisiones públicas tienen consecuencias. Los libros de texto no fueron un debate menor; afectaron directamente a millones de estudiantes y familias. Cuando un proyecto pedagógico genera controversia sostenida, alguien debe asumir la responsabilidad política. A veces esa responsabilidad se traduce en renuncias discretas.

No es un drama personal. Es una dinámica estructural. El poder protege al poder. Si para preservar la narrativa general se requiere sacrificar a uno de los ideólogos, el cálculo es frío y rápido.

La lección va más allá de nombres propios. Nos recuerda que las estructuras políticas, incluso aquellas que se presentan como movimientos transformadores, no están exentas de tensiones internas. Y cuando el equilibrio se rompe, la salida no siempre es elegante.

En democracias maduras, la rendición de cuentas es pública y transparente. En contextos más cerrados, los ajustes se explican poco y se justifican menos. La ciudadanía tiene derecho a preguntarse qué motivó el cambio: ¿evaluación técnica? ¿costo político? ¿desgaste mediático? ¿reacomodo estratégico?

No se trata de nostalgia por ningún personaje. Se trata de entender cómo funciona el poder cuando se enfrenta a sus propias contradicciones.

La historia enseña que los proyectos ideológicos rígidos suelen enfrentarse a fracturas internas. La diferencia entre un sistema autoritario y uno democrático radica en la manera de procesarlas. En uno, la disidencia se elimina por la fuerza. En otro, se gestiona mediante relevos administrativos.

Hoy no hay trenes rumbo a Siberia. Hay comunicados institucionales. Pero la lógica profunda —la prioridad del proyecto sobre el individuo— sigue siendo un tema digno de análisis crítico.

Y ese análisis no debe ser visceral. Debe ser sereno, informado y consciente de que la política no es un espacio de purezas absolutas, sino de cálculos permanentes.

Desde Feeling Punto Eme Equis y La Estación del Amor seguiremos observando cómo el poder se reacomoda, cómo las narrativas se ajustan y cómo las decisiones públicas impactan la vida cotidiana. Porque más allá de nombres y metáforas históricas, lo importante es entender el momento y exigir siempre claridad, responsabilidad y coherencia en el ejercicio del poder.

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