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Cuando la soberanía convierte en coartada el autoritarismo

Publicado: enero 6, 2026
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Dice la presidenta de México que “solo el pueblo de Venezuela puede definir a quién quiere como gobernante”. Cuando la soberanía se convierte en coartada del autoritarismo, las frases bonitas sirven para encubrir realidades incómodas. La frase expresada, en apariencia, es impecable, democrática y respetuosa del derecho internacional. El problema comienza cuando esa afirmación se usa para justificar el silencio frente a un fraude electoral consumado.

Porque tiene razón: solo el pueblo de Venezuela puede decidir quién debe gobernarlo.
El asunto es que el pueblo de Venezuela ya decidió.

Y decidió algo que hoy se intenta borrar con discursos diplomáticos, silencios calculados y una narrativa que confunde soberanía con impunidad. El pueblo venezolano expresó en las urnas que quería como gobernante a Edmundo González. Esa decisión no fue ambigua, ni marginal, ni producto de una interpretación interesada. Fue clara, documentada y reconocida por observadores internacionales independientes.

Lo que ocurrió después no fue un “conflicto interno” ni una “disputa política”. Fue un robo. Un robo electoral. Nicolás Maduro le arrebató a su pueblo la posibilidad de que su decisión se tradujera en un cambio de rumbo. Le robó el derecho más elemental de una democracia: que el voto sirva para algo.

Ahí es donde la frase presidencial mexicana deja de ser una defensa de principios y se convierte en una coartada. Porque cuando se afirma que “solo el pueblo de Venezuela puede decidir”, pero se guarda silencio frente a quien le impide ejercer esa decisión, no se está defendiendo la soberanía popular, se está encubriendo su violación.

El gobierno de México no reaccionó a ese robo con indignación. No reaccionó con condena. No reaccionó con una exigencia mínima de respeto al resultado electoral. Reaccionó con complicidad. Una complicidad que no siempre se expresa en aplausos, sino —muchas veces— en la forma más cómoda del poder: el silencio.

No intervenir no significa no opinar. No intervenir no significa cerrar los ojos. Y mucho menos significa legitimar, por omisión, a quien secuestra la voluntad popular. El principio de no intervención nació para proteger a los pueblos, no para blindar a los autócratas.

El argumento de la soberanía se ha convertido en el escudo favorito de los regímenes que temen a las urnas. Se invoca para justificar elecciones sin competencia real, tribunales sometidos y fuerzas armadas al servicio del poder, no de la Constitución. En ese contexto, repetir la consigna sin matices es abdicar de toda responsabilidad ética.

México, históricamente, fue un país que ofreció asilo a perseguidos políticos, que denunció dictaduras y que entendió que la neutralidad absoluta frente a la injusticia no es virtud, sino cobardía. Hoy, en cambio, se opta por un discurso cómodo que evita incomodar a aliados ideológicos, aunque eso implique darle la espalda a millones de venezolanos que votaron esperando algo más que retórica.

No se trata de imponer gobiernos desde el extranjero ni de justificar intervenciones militares, como algunos falsamente plantean. Se trata de algo más simple y más honesto: reconocer cuándo una elección fue robada y llamar a las cosas por su nombre.

Cuando un gobierno ignora ese hecho, no está defendiendo la autodeterminación de los pueblos; está defendiendo al usurpador. Y cuando un país como México, con su peso moral y diplomático en la región, elige ese camino, el daño trasciende a Venezuela: envía un mensaje peligroso a toda América Latina.

El mensaje es claro: si logras aferrarte al poder, aunque sea traicionando el voto, siempre habrá gobiernos dispuestos a justificarte en nombre de principios que ya no practican.

El pueblo venezolano habló.
Edmundo González fue su elección.
Nicolás Maduro les arrebató esa decisión.

Y el gobierno de México, lejos de denunciar el robo, decidió mirar hacia otro lado. Eso no es neutralidad. Eso es complicidad.

Desde Feeling Punto Eme Equis y La Estación del Amor, seguimos creyendo que la democracia no se defiende con frases bonitas, sino con coherencia, valentía y memoria histórica.

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