Una científica de Harvard detenida por ICE teme ser deportada a Rusia

Las medidas del presidente Trump contra la migración han atrapado a Kseniia Petrova, una científica que huyó de Rusia tras protestar por la invasión de Ucrania. Fue detenida por transportar unas muestras de rana para su laboratorio.
En un centro de detención tipo barracón de Luisiana se hacinan unas 90 mujeres migrantes, en su mayoría trabajadoras indocumentadas procedentes de América Central y del Sur, que comparten cinco servicios sanitarios y siguen las órdenes que gritan los guardias.
También está, entre ellas, una científica rusa.
Tiene 30 años, es tímida y propensa a la risa nerviosa. No puede trabajar porque le han confiscado la computadora portátil. Juega al ajedrez con otras mujeres cuando los guardias se lo permiten. Si no, pasa el tiempo leyendo libros sobre evolución y desarrollo celular.
Durante casi ocho semanas, Kseniia Petrova ha sido cautiva de las políticas de migración de línea dura del gobierno de Donald Trump. Graduada en un prestigioso instituto ruso de física y tecnología, Petrova fue contratada para trabajar en un laboratorio de la Facultad de Medicina de Harvard. Formaba parte de un equipo que investiga cómo las células pueden rejuvenecerse a sí mismas, con el objetivo de defenderse de los daños del envejecimiento.
El 16 de febrero, unos funcionarios de aduanas la detuvieron en el aeropuerto internacional Logan de Boston por no declarar muestras de embriones de rana que había traído de Francia a petición de su jefe en Harvard. Una infracción de este tipo suele considerarse leve y se castiga con una multa de hasta 500 dólares. En lugar de ello, el funcionario de aduanas canceló la visa de Petrova en el acto e inició el procedimiento de deportación. Entonces Petrova le dijo que había huido de Rusia por motivos políticos y que se enfrentaba a ser arrestada si regresaba allí.
Así fue como acabó en el centro penitenciario de Richwood, en Monroe, Luisiana, a la espera de que el gobierno de Estados Unidos decidiera qué hacer con ella.
El caso de Petrova está siendo observado por miles de jóvenes rusos de alto nivel educativo que, como ella, huyeron del país después de que Rusia invadiera Ucrania. También ha llamado la atención de destacadas figuras de la oposición política rusa, quienes advierten que, para Estados Unidos, entregar una científica disidente al presidente Vladimir Putin sería cruzar una línea que presagia algo particularmente terrible.
Por su parte, Petrova ve a Estados Unidos desde un nuevo e inquietante punto de vista. “Tengo la sensación de que algo está ocurriendo en Estados Unidos”, dijo en una entrevista a través de un enlace de video. “Algo malo está ocurriendo. No creo que todo el mundo lo entienda”.
El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas ha denegado en dos ocasiones la petición de libertad condicional presentada por su abogado, alegando que existe riesgo de fuga y que es una amenaza para la seguridad de Estados Unidos. Petrova ensaya a veces lo que haría si la deportaran a Rusia. No puede asegurar cuándo la detendrían, dijo, pero la amenaza de la represión política siempre estaría presente.
“Este es el problema de este tipo de régimen autocrático: quien se queda allí es como un rehén”, dijo. “Ese es el miedo de estar allí. No sabes lo que va a pasar. No sabes si vendrán a por ti o no”.
Harvard ha hecho pocos comentarios sobre la detención de Petrova. Una portavoz dijo esta semana que la universidad “sigue de cerca los rápidos cambios en el panorama de la política de inmigración y las implicaciones para sus académicos y estudiantes internacionales”, y está “en contacto con el abogado de Petrova sobre este asunto”.
Muchos miembros de la comunidad de investigación se enteraron apenas hace dos semanas, cuando los compañeros de Petrova lanzaron un llamamiento a través de GoFundMe para ayudar a pagar sus gastos legales. La noticia hizo temblar a toda una comunidad de científicos que migraron a Estados Unidos para dedicarse a la investigación. Se produce en medio de profundos recortes en el financiamiento federal de la ciencia que, para muchos, indican que un período de apertura y progreso puede estar llegando a su fin.
Petrova no abandona su trabajo. Mientras espera su audiencia, estudia la meiosis, un tipo de división celular que permite a los óvulos y espermatozoides restablecer las marcas epigenéticas, señalando el camino hacia posibles estrategias para detener el envejecimiento. Lo único en lo que piensa es en volver a su laboratorio.
“Estaba en el paraíso”, dijo. “Me gustaría mucho seguir en el paraíso”.
Una ‘supernerd’
Petrova acababa de terminar su maestría cuando Konstantin Severinov, un célebre biólogo molecular, la contrató para un ambicioso proyecto de alto nivel en Moscú.
A Severinov, que dirige un laboratorio en la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, le habían pedido que diseñara un centro ruso de secuenciación genómica, respaldado con 250 millones de dólares de financiación de Rosneft, la compañía petrolera estatal. Estaba formando un equipo que le ayudara a crear una estructura de base de datos y a escribir el código.
Describió a Petrova como una “supernerd”, fruto de una formación científica especialmente intensa y competitiva. Sus conocimientos, que combinaban computación y biología, eran “muy, muy comercializables”, dijo en una entrevista, y se exigían en centros de genómica de todo el mundo.
Severinov la quería en el equipo, dijo. El trabajo era interesante científicamente y “muy ventajoso económicamente”. Pero exigía pasar una autorización de seguridad, dijo, y Petrova no se comprometía a dejar de apoyar a la oposición política rusa.
Acabó contratándola como asesora externa. “Resultó ser una persona de principios que no se doblegaba”, dijo. A veces se sentía frustrado por su falta de sentido práctico: “Se le puede llamar infantilismo, se le puede llamar principios, se le puede llamar de distintas maneras”, dijo.
“Yo diría que, entre muchos científicos jóvenes, hay algunos que están muy, muy orientados hacia su carrera, en el buen sentido”, dijo. “Saben lo que hay que hacer para promocionarse. Ella no es de ese tipo. Es, en cierto modo, como una soñadora. Es diferente”.
Fue criada por dos ingenieros: su madre, especialista en radiocomunicaciones, y su padre, programador informático, dijo Vladimir Mazin, amigo íntimo de la familia. Mazin describió a Petrova como una “científica apasionada” que, durante sus vacaciones en el campo, se llevaba la computadora portátil al desayuno y a la cena para seguir entrenando redes neuronales, un tipo de aprendizaje automático.
“Kseniia es una de esas personas realmente interesadas en obtener nuevos conocimientos, en averiguar algo que no se haya sabido antes”, dijo. “Eso es lo que le interesa. Todo lo demás es secundario”.
Al final de su adolescencia, apoyó a los opositores rusos que salieron a la calle para oponerse al regreso de Putin a la presidencia. Luego empezó a unirse a ellos. Petrova no ocultaba sus opiniones; recuerda que en la entrevista de trabajo para el centro de genómica le pidieron que prometiera que no publicaría críticas a Putin en las redes sociales. Se negó.
“Creo que en todos los países los científicos se oponen a los gobiernos autocráticos”, dijo.
El 24 de febrero de 2022, cuando Putin envió columnas de tanques rusos a Ucrania, se unió a las protestas que recorrieron las calles de Moscú. El 2 de marzo fue arrestada, acusada de infracción administrativa, multada con unos 200 dólares y puesta en libertad.
Estaba claro que las cosas estaban cambiando rápidamente, dijo Petrova. El puñado de fuentes de noticias en las que confiaba para obtener información objetiva “cerraron inmediatamente”, dijo. Petrova temía que la frontera también se cerrara. Abandonó el país dos días después.
Dijo que después de esto, se hizo “realmente obvio” que si quería ser científica, tenía que marcharse: “Cambié mi decisión de ‘nunca me iré de Rusia’ a ‘me voy de Rusia inmediatamente’”.
Muchos de sus compañeros se marcharon al mismo tiempo. Algunos encontraron trabajos lucrativos escribiendo código para bancos o empresas privadas. Petrova tenía una oferta de un laboratorio británico. Pero ella buscaba algo en particular: “el tipo de ciencia”, como ella dice, “que yo llamaría hermosa”.
Bienvenida al palacio de las ranas
Leon Peshkin, investigador principal del departamento de biología de sistemas de Harvard, llevaba un año buscando contratar a alguien.
El laboratorio Kirschner, donde trabaja Peshkin, investiga las fases más tempranas de la división celular. Estos cambios son fáciles de observar en los huevos de la rana Xenopus, que son grandes y resistentes. Para atraer a Marc Kirschner a Harvard, la universidad construyó un vasto acuario donde las hembras preñadas se mecen en agua que circula, conocido internamente como el “palacio de las ranas”.
El equipo de Peshkin está interesado en los espermatozoides y los óvulos y en cómo estos reparan los daños a medida que se desarrolla el embrión. Necesitaban a alguien que dominara por igual el aprendizaje automático y la biología celular, explicó Peshkin en una publicación en Kaggle, una comunidad en línea para científicos de datos. Petrova se puso en contacto.
Cuando llegó a Boston en mayo de 2023, Peshkin se sorprendió al descubrir que no había traído maleta, sino una mochila. Dijo que se había dado cuenta de que era “extremadamente ascética”, totalmente volcada en su investigación.
“Pensé que la Rusia de mi infancia había desaparecido, la Rusia de esta científica loca, dedicada y ascética había desaparecido”, dijo. Durante los meses siguientes, Peshkin la observó concentrarse intensamente durante muchas horas; vio lo que podía conseguir en unos pocos días de programación. “Es probablemente la más fuerte que he visto”, dijo. “Llevo 20 años en Harvard”.
Petrova encontró formas de acelerar el trabajo de todos. En una sala oscura y cerrada con un microscopio Raman basado en láser, William Trim, becario posdoctoral, pasaba los días examinando la migración de lípidos a través de las células.
Anotaba minuciosamente sus hallazgos a mano, una tarea que podía llevarle hasta dos horas. “No hace falta que lo hagas”, dijo Petrova. Le escribió un archivo de comandos que hacía el trabajo en segundos. “Para cualquier problema que tengo con los datos, ella tiene una solución”, dijo Trim. Se hicieron muy amigos y él acabó ofreciéndole una habitación en su apartamento.
“Lo único que hacía era ciencia”, dijo. “A veces llegaba a casa a la 1 de la madrugada, porque se pasaba el día —14, 15 horas— ajustando los caudales de cinco tubos que se unen en un solo lugar para conseguir que esta célula se convierta en una gotita”.
A Peshkin le preocupaba que Petrova se agotara. Se sintió aliviado cuando ella le dijo que se iba de vacaciones a Francia, donde el pianista András Schiff iba a dar un concierto. Compró entradas para el teatro y planeó viajes para ver a sus amigos de Moscú, ahora dispersos por Europa.
También sacaría tiempo para trabajar. Peshkin colabora con un laboratorio de París, donde uno de los técnicos había descubierto cómo cortar secciones superfinas de un embrión de rana.
Nadie en Harvard sabía cómo hacerlo; unas muestras de alta calidad acelerarían sustancialmente su trabajo. En un par de ocasiones, sus colegas franceses habían intentado enviar por correo las muestras de embriones, pero se descongelaban durante el transporte y llegaban demasiado dañadas para poder utilizarlas.
“Le dije: ‘Bueno, ya estás ahí’”, dijo Peshkin. “¿Por qué no tomas este paquete?”.
Un cambio en la atmósfera
El vuelo de regreso de Petrova desde París aterrizó en Boston la tarde del 16 de febrero. Mientras el avión estaba en la pista, le envió mensajes de texto a Peshkin para confirmar cómo debía tratar el paquete en la aduana. Pero para entonces, los pasajeros ya estaban bajando del avión, dijo, y Petrova interrumpió la conversación.
Al principio, dijo Petrova, su reingreso le pareció normal. En el control de pasaportes, un funcionario examinó el visado J-1 que Harvard le había concedido y que la identificaba como investigadora biomédica. El funcionario selló su pasaporte, con lo cual la admitió en el país.
Cuando se dirigía a la recogida de equipajes, un agente de la Patrulla Fronteriza se le acercó y le pidió registrar su maleta. Lo único que ella pudo pensar era que las muestras de embriones que había dentro se estropearían; el ARN se degrada con facilidad. Ella explicó que no conocía las normas. El agente fue educado y le dijo que podía marcharse.
Después entró en la sala otro funcionario y el tono de la conversación cambió, dijo Petrova. Este funcionario le hizo preguntas detalladas sobre las muestras, el historial laboral de Petrova y sus viajes por Europa. A continuación, el funcionario informó a Petrova que cancelaba su visa y le preguntó si temía ser deportada a Rusia.
“Sí, tengo miedo de volver a Rusia”, dijo, según una transcripción del Departamento de Seguridad Nacional facilitada por su abogado. “Tengo miedo de que la Federación Rusa me mate por protestar contra ellos”.
El abogado de Petrova, Greg Romanovsky, dijo que el Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza se había extralimitado en sus funciones al anular su visado. Reconoció que Petrova había infringido la normativa aduanera, pero dijo que se trataba de una infracción leve, sancionable con el decomiso y una multa.
Para anular su visado, dijo Romanovsky, los agentes tenían que identificar los motivos de su exclusión. “Hay muchísimos motivos de inadmisibilidad, pero violar una norma aduanera no es uno de ellos”, dijo.
Lucas Guttentag, profesor de la Facultad de Derecho de Stanford, revisó los documentos del caso y se mostró de acuerdo. Dijo que Petrova había sido admitida legalmente en Estados Unidos, y luego “el propio gobierno creó el supuesto estatus migratorio indebido que ahora es la base de su detención.”
“Someter a cualquier persona a este proceso está mal, y este caso es a la vez chocante y revelador”, dijo Guttentag, quien fue asesor principal del Departamento de Justicia durante la presidencia de Joe Biden y asesor principal del Departamento de Seguridad Nacional durante el gobierno de Barack Obama.
Un portavoz del Departamento de Seguridad Nacional, ante la pregunta de por qué se había cancelado el visado de Petrova, dijo que una inspección canina había encontrado en su equipaje placas de Petri y viales de células madre embrionarias sin los permisos adecuados.
“La individua fue detenida legalmente tras mentir a los agentes federales sobre la introducción de sustancias biológicas en el país”, dijo el portavoz. “Los mensajes de su teléfono revelaron que planeaba pasar de contrabando los materiales por la aduana sin declararlos. Violó la ley a sabiendas y tomó medidas deliberadas para eludirla”.
Cuando el agente de la patrulla fronteriza canceló el visado de Petrova, esta se convirtió en una migrante indocumentada, entre los miles de detenidos desde que Trump asumió el cargo. Fue enviada al Centro de Detención de Richwood a la espera de una audiencia en la que presentará su caso de asilo ante un juez de migración.
“Si gana, no será deportada”, dijo Romanovsky. “Si pierde, será deportada a Rusia”.
El abogado también ha presentado una petición de puesta en libertad ante un tribunal federal. “Estoy pidiendo clemencia”, dijo. “En un entorno diferente, creo que habría salido hace mucho tiempo”.
Petrova ha pasado el último mes en un dormitorio con literas. Hace frío y, por la noche, las mujeres a veces tiemblan bajo unas finas mantas. Una vez al día se les permite salir una hora. El desayuno llega a diferentes horas, a veces tan temprano como a las 3:30 a. m. Lo más duro, dijo, es el ruido constante. El psiquiatra del centro le dio tapones para los oídos para ayudarla a dormir.
Al no poder trabajar, observa a las mujeres que la rodean. Alrededor de la mitad son latinoamericanas de entre 30 y 40 años que cruzaron la frontera por motivos económicos, dijo. Un segundo grupo está formado por asiáticas y ciudadanas de antiguos estados soviéticos, que cruzaron la frontera legalmente, buscando asilo político.
Ninguna de ellas merece estar detenida en estas condiciones, dijo. “Pensé que era imposible estar en esta situación”, dijo. “Incluso las inmigrantes aquí deberían tener algunos derechos. Pero parece que aquí a nadie le importan realmente nuestros derechos”.
Ha puesto en tela de juicio la visión de Estados Unidos que se formó en Rusia. “Este no es el tipo de Estados Unidos que yo conocía”, dijo.
Un banco vacío
Las cosas de Petrova siguen esparcidas por el laboratorio de Harvard: una guirnalda de flores, un saco de dormir, una guitarra. Antes de irse de vacaciones, programó un sistema de riego por goteo para las plantas del alféizar de su ventana, y una vez al día, durante cinco minutos, el sistema entra en acción.
Sus colegas están distraídos y ansiosos; el trabajo en el laboratorio se ha estancado. Cuando Peshkin recorrió los laboratorios de Harvard pidiendo a sus colegas que le enviaran al ICE cartas de apoyo, muchos de ellos confesaron que tenían miedo de poner sus nombres por escrito, porque también estaban en el país con visados temporales.
“Algo le ha ocurrido al tejido social”, dijo. “Algo está ocurriendo”.
La preocupación por su caso también se ha extendido por las redes de migrantes y científicos rusos.
“Ella es un indicador de que el mundo se está volviendo casi malvado y peligroso para las personas que no tienen hogar y no quieren hacer daño a nadie”, dijo Severinov, el biólogo que reclutó a Petrova en Rusia. “Es una ironía que esto esté ocurriendo a ambos lados del charco”.
Marina Sájarov-Liberman, nieta del físico y disidente soviético Andréi Sájarov, ha seguido el caso desde su casa en Londres. Dijo que era “extraordinario” que Harvard no hubiera protestado más públicamente por la detención de Petrova.
“Es algo que me esperaría en Rusia”, dijo. “Todo el mundo tendría miedo. Si alguien ‘desapareciera’, las instituciones guardarían silencio. Muy pocas personas alzarían la voz y arriesgarían sus cargos”.
Nadie en Harvard se siente peor que Peshkin. Una y otra vez se ha preguntado por qué permitió que Petrova asumiera el riesgo de llevar las muestras. Vuelve a leer el intercambio de mensajes de texto que mantuvo con Petrova mientras ella estaba sentada en el avión.
“Cualquiera en mi lugar diría: ‘Por favor, no recojas la caja’”, dijo.
Petrova no culpa a Peshkin. Ni siquiera se queja mucho de la vida en detención. Si tuviera acceso a una computadora portátil y pudiera analizar los datos de su laboratorio en Harvard, “sería suficiente”, dijo.
Pero le preocupa que, cuando todo esto acabe, ya no pueda trabajar al mismo nivel. “Aunque me pongan en libertad, me sentiré mucho menos segura”, dijo. “Por supuesto que afectará a mi eficiencia. Tendré mucho miedo. ¿Y si me vuelven a detener?”.
Fuente: Nytimes.com
#Kseniia Petrova, científica Rusa que trabajaba en Harvard, fue detenida por ICE y revocada su visa, por lo que podría ser deportada a Rusia, país del que escapó perseguida por su activismo contra Vladimir Putin. https://t.co/AyFqs9owfd
— Pete Garcia (@PeteGarcia81541) April 13, 2025
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— Deborah Newell (@litbrit) April 13, 2025
Temas: científica de Harvard, científica Rusa, ICE, Kseniia Petrova, teme ser deportada
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