El Amor que Nunca Murió | Por Rocío Prieto Valdivia | CUENTO
Diez años habían pasado desde que Rebeca y Oscar se conocieron en aquella cafetería, dónde antes estaba la mercería del novio de su tía tan amada, de quién solo conocía por las historias de boca de su tía; quizás por eso se enamoró de Oscar. Al principio de su relación todo era mágico, casi irreal. Besarse provocaba en ellos una serie de emociones incontrolables. Sin embargo, con el tiempo, sus sonrisas se fueron quebrando, y el amor que compartían se fue desgastando. La relación, que alguna vez fue un río caudaloso de pasión, se fue convirtiendo en algo que apenas podían sostener, como si estuvieran atrapados en un ciclo sin fin, del que no sabían cómo escapar. Nadie quería cortar el lazo, aunque ambos sabían que ya no quedaba casi nada de aquel amor que una vez fue tan vibrante.
Parecía que una fuerza invisible los mantenía juntos, como si estuvieran destinados a compartir su destino.
Enfrentaron todos los obstáculos y decidieron casarse una tarde de verano; estaban destinados el uno para el otro. Eso lo entendieron la noche de su enlace matrimonial cuando recibieron, como regalo de bodas, las llaves de una casa antigua: la casona de la familia Mendoza.
Los días pasaron y al regresar de viaje decidieron ir a ver la casa.
Al entrar, la finca los recibió con un aire de desolación. Las vigas, apolilladas por el paso del tiempo, crujían bajo sus pies. La pintura, de un amarillo ocre gastado, ya no podía ocultar los estragos del paso de los años. Los ventanales, grandes como bocas de lobos, dejaban entrar la luz con una mirada triste. El olor a humedad invadía el ambiente, y los muebles victorianos, regalos de la tía Guillermina, parecían testigos mudos de historias olvidadas.
Era en esa casa donde todo comenzaba, donde la historia de amor de la tía Rebeca había florecido y muerto. Ella había sido una joven tan hermosa cuando conoció a Abraham, el hijo del dueño de la mercería del pueblo, quien, aunque atractivo y encantador, no estaba dispuesto a comprometerse. Los dos se enamoraron apasionadamente, pero su relación fue marcada por las diferencias sociales y la desaprobación de su madre. A pesar de los obstáculos, se entregaron el uno al otro, pero tan pronto la mercería de la familia de Abraham cerró, con ello, su amor comenzó a desmoronarse. Las cartas de amor se fueron apagando lentamente hasta que dejaron de existir por completo.
La tía Rebeca jamás se casó, paso sus años regando sus plantas, años después, recordaba con nostalgia aquellos momentos. Una tarde de septiembre en la soledad de su mecedora, en la sala de la casa, rodeada de sombras de la tarde, cerraba los ojos y revivía su primer encuentro con Abraham. Aunque se decía a si misma como consuelo que él había sido un “niñito de mamá”, ella se había enamorado perdidamente de él.
Al abrir los ojos, el retrato de Abraham sonreía desde la pared, y, como por arte de magia, él apareció en la puerta, viejo, pero con la misma sonrisa que la había hechizado años atrás.
—Abraham, susurró la tía Rebeca, con la voz temblorosa.
—Rebeca, respondió él, con la misma voz profunda que había marcado su vida.
Se levantó y fue hacia él parecía que ambos habían rejuvenecido en instantes, ella lo beso con tanto amor, en ese momento, Rebeca lo abrazó, sintiendo su fragilidad. Sintió como si el tiempo se hubiera detenido y, finalmente, comprendió que había encontrado la paz. Con Abraham en sus brazos, se desplomó en el suelo, y la casa quedó en silencio, como si su historia hubiera llegado a su fin.
Pero la historia de la casa no terminó allí.
Después de la muerte de la tía Rebeca y Abraham, la casa fue heredada por sus sobrinos: Rebeca, una joven diseñadora de interiores, y Oscar, un escritor de 35 años. Decidieron restaurar la casa, limpiar los recuerdos del pasado y darle una nueva vida. Pero pronto se dieron cuenta de que la casa tenía algo más que recuerdos. Algo inexplicable sucedía: objetos que se movían solos, ruidos extraños durante la noche. La casa parecía tener vida propia, como si estuviera tratando de contarles algo.
Una tarde, mientras estaban sentados en la sala, Rebeca recordó la historia que le había contado su tía Guillermina sobre su hermana menor
—Habían pasado diez años desde que Rebeca y Abraham se conocieron en aquella mercería , dijo, su voz quebrándose al recordar el amor que nunca llegó a florecer. Al principio todo era tan bonito, tan irreal, que besarse les causaba un sinfín de paradigmas. Pero con el paso de los días, la sonrisa rompía a puñetazos el poco amor que se tenían.
Oscar la miró curioso y le preguntó:
—¿La historia de tu tía y Abraham o la nuestra?
—Sí , respondió ella. Y también la nuestra, sabes su amor nunca se completó. La casa fue testigo de todo.
Rebeca se levantó y se preparo un café, mientras lo hacía sacó el retrato de sus tíos y lo colocó en la pared. Lo tocó con la mano izquierda, como si esperara sentir su calidez.
Este se cayó sacando a Oscar de su mutismo abrazo a su mujer y dijo mientras volvía a colocar el retrato en la pared.
—Creo que la casa está tratando de comunicarse con nosotros, dijo Oscar, mirando hacia la pared.
—Tal vez quiere que descubramos la verdad sobre el pasado.
Esa misma tarde, Rebeca y Oscar decidieron investigar más a fondo. Descubrieron una caja antigua en el ático, llena de cartas y fotografías. Eran las cartas de amor entre la tía Rebeca y Abraham. Al leerlas, la casa comenzó a transformarse a su alrededor: las paredes se aclararon, las ventanas se abrieron y la luz del sol inundó la habitación. La atmósfera de la casa se llenó de una sensación extraña y liberadora.
De repente, la habitación se llenó de una luz blanca intensa. Rebeca y Oscar, cegados por el resplandor, se cubrieron los ojos. Cuando la luz se desvaneció, se encontraron en una habitación diferente, en otra época, como si la casa los hubiera transportado al pasado. Allí, en la habitación, Abraham y la tía Rebeca los esperaban, sonrientes.
—¡Bienvenidos!, exclamó la tía Rebeca.
—Hemos estado esperándolos.
Rebeca y Oscar se miraron, confundidos.
—¿Qué significa esto?, preguntó Rebeca.
La tía sonrió.
—Significa que ustedes son parte de nosotros.
Y que nuestra historia no ha terminado aún.
En ese momento, la habitación se llenó de luz nuevamente, y Rebeca y Abraham desaparecieron, dejando la casa atrás, pero llevando con ellos un amor que nunca murió.
Al año siguiente las risas del hijo de Rebeca y Oscar inundaban los jardines y en la estancia de la casa la tía Guillermina sentada en la mecedora le contaba al pequeño Abraham la historia de amor de su tía abuela Rebeca.

Temas: cuento, El Amor que Nunca Murió, Rocío Prieto Valdivia
Por el respeto a esta libertad de todos, debemos informarte que Feeling.Mx y Radionautas.org se reservan el derecho a editar o publicar mensajes obscenos o bien que atenten contra la ley y la dignidad de terceros. ¡Gracias por tu aportación!


