Ser ecologico podría ser contraproducente
La estrategia verde más común es hacer máquinas más eficientes, pero esa ganancia se revierte en consumo adicional.
Ante tantas noticias sobre los problemas ambientales del planeta, muchas personas se han movilizado para aportar su grano de arena y, con acciones concretas, evitar contribuir a más daños. Pero David Owen, un reconocido autor y colaborador de revistas como The Atlantic y The New Yorker, acaba de publicar el libro The Conundrum (El Enigma), sobre la paradoja e hipocresía que resultan de asumir un estilo de vida verde. Muchas de estas soluciones amigables con el medio ambiente, dice, no solo son irrelevantes sino más perjudiciales de lo imaginado.
Y no es que Owen sea de los que niega el problema. Él se ha distinguido por su perfil ambientalista a tal punto que siempre había pensado que al vivir en Manhattan sin carro, sin secadora de ropa y sin máquina para cortar el césped, su huella ecológica era mínima. Pero se dio cuenta de que todo ese esfuerzo se borra con la otra mano en un segundo. Por ejemplo, él lo hizo al montar en un avión desde Nueva York hasta Australia para dar una conferencia de 45 minutos sobre el calentamiento global. “Ese avión consumió mucha energía que dejó una huella de carbono enorme. De hecho, mi tajada proporcional de combustible en ese viaje de ida y vuelta fue más grande que el total de energía que un residente promedio de la Tierra utiliza, para cualquier cosa, en un año”, confesó en su libro.
Está el caso de los carros híbridos, como los Prius, reconocidos por todos como parte de la solución porque utilizan menos combustible fósil. El problema, según Owen, es que como son más eficientes la gente los usa para recorrer distancias cada vez más largas, con lo cual el gasto de combustible aumenta. Por eso, a pesar de que los autos hoy son más eficientes, hoy se consume mucha más gasolina.
Su reflexión está basada en un principio conocido como ‘efecto rebote’, que sucede siempre que una tecnología se vuelve más eficiente. Al mejorar la eficiencia, la actividad también baja de precio y hace que la gente se involucre más en ella, con lo cual los beneficios ambientales del avance se cancelan.
Eso mismo ha sucedido con el aire acondicionado que, por ser más eficiente y barato, hoy es más usado. O con los focos de la luz, que por las mismas razones se dejan encendidos por más horas. Owen incluso es implacable con los comportamientos de quienes apoyan la idea de comer productos locales, que se basa en que se ahorra energía si los alimentos no viajan distancias largas. Para el autor, esta buena intención se anula cuando los consumidores viajan a las fincas orgánicas a comprar los productos en sus propios carros, que producen los gases de efecto invernadero.
Los avances para mejorar la eficiencia de las tecnologías existentes solo lleva, según el autor, a que la gente las use más, pero aleja a la humanidad de una solución real al problema del calentamiento global. Incluso, la innovación técnica que hoy está orientada a desarrollar objetos amigables con el medio ambiente está creando nuevos y atractivos productos que los adictos al consumo querrán adquirir.
*Nota de Time
Why Energy Efficiency Isn’t All It’s Cracked Up to Be
When New Yorker writer David Owen moved his family from Manhattan to a small town in northwestern Connecticut in 1985, it seemed like a green decision. Their tree-shaded house had been built in the 1700s and sat across from a nature preserve. Deer, wild turkeys and even bears could be seen in their yard; woods surrounded their neighborhood.
It was a bucolic country existence, something out of a nature poem.
Yet for the global environment, the move was a minidisaster. The Owens’ electricity consumption went up more than sevenfold, and the lack of both public transportation and dense housing that’s typical of Connecticut (and much of the rest of the U.S.) meant the family had to buy several cars. And those cars got driven — a lot. Owen notes that he and his wife now put some 30,000 miles a year on their odometers, burning carbon with every gallon. Access to trees and wildlife and cleaner air in Connecticut was great, but for the climate, it’s dense and efficient Manhattan — where cars are optional and living space is much tighter — that does less damage per capita.
To Owen, the move was a lesson: what looks environmentally friendly isn’t always the case. That’s an idea he explores in his new book The Conundrum, which argues that energy efficiency, scientific innovation and even good green intentions are actually making our climate and environmental problems worse. While we rush to buy a Prius hybrid or fetishize local organic food, we’re doing little to actually reduce the carbon emissions that are warming the planet — and we may even be going backward. «We’re not actually making the problem better, we’re making it worse,» says Owen.
(See photos of new ways to boost energy efficiency.)
He centers his argument on energy efficiency, which simply means reducing waste and getting more economic output per unit of energy, and is one of the few environmental-policy options that nearly everyone can agree on. Democrat or Republican, climate scientist or climate skeptic, you’d be hard-pressed to find anyone who’d be against reducing wasted energy.
Temas: calentamiento global, Ecología, huella ecológica, Vida Verde
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