Avándaro, medio siglo después: polvos de aquellos lodos
Los años 70 alcanzaron a México severamente atrasado en la modernidad cosmopolita prometida en sus previos ‘Swinging 60’s’. La brutal y desmedida represión del movimiento estudiantil de 1968, y consiguiente paranoia gubernamental ante toda reunión juvenil masiva consolidaron la marginación del rock hecho en México, que surgió desde las pantallas fílmica y televisiva que alguna vez acogieron su arribo cual modernista novedad hacia los minúsculos cafés cantantes de los barrios de clase media en la segunda mitad de los 60. Clausurada la mayoría de ellos por la presión de dueños de centros nocturnos, el rock se refugió en las pistas de hielo de la clase media acomodada, que pronto empezaron a tener más público que patinadores cuando llenaron sus gradas los memorables Dug Dugs, Esclavos, Tijuana Five, los olvidados Hardy Phlox y muchos otros protagonistas de un período tan imitativo que la calidad de un grupo se medía por cuan idéntico fuese su sonido escénico a las grabaciones que les surtían de material ajeno.
El rock lucía casi irreconocible a 15 años de su llegada aquí; la creciente ambición musical desatada por el ejemplo de los Beatles y su larga cauda de imitadores tuvo, como en casi todo el mundo, reflejo local nutrido por un recambio robustecedor: mientras muchos pioneros rocanroleros chilangos abandonaron la música tras comprobar que era una vocación tan sufrida cuan explotada, en su lugar llegaron a la capital jóvenes rockeros norteños y fronterizos que tocaban diestramente en vivo lo que sólo se había oído antes aquí en grabaciones importadas.
Tantos fueron, y tan notable su influencia como la de sus incipientes grabaciones originales, que se les motejó -erróneamente, por cierto – como ‘La Onda Chicana‘, acaso por su aferramiento al idioma inglés como exclusivo del rock, pero también porque el término empezaba a sustituír al previo y ofensivo término “pocho”.
Rechazado por otras estaciones de radio, ese rock seudo chicano se popularizó desde la capital a través de la estación XEDF, cuyo entusiasta director artístico Agustín Meza de la Peña y el locutor Félix Ruano Méndez no previeron que su apuesta por apoyarlo concluiría con su despido y el forzado cambio de formato musical de la emisora tras su evento más representativo.
Los precedentes International Pop Music Festival de Monterey, California en 1967 y mítico Woodstock 1969 antojaron un evento local así de emblemático. El terreno parecía listo para el gran negocio que las realidades política, económica y cultural denegarían: lejos del pretendido éxito económico que pretendían hacer los organizadores (pese a la experiencia de Woodstock, cuyo oneroso fracaso económico sólo salvó de la bancarrota el exitoso documental y álbumes alusivos), su eco mexicano surgió de una ocurrencia y larga serie de malentendidos.
Reliquia de aquellos años 60 en que México soñó con su “desarrollo compartido”, el fraccionamiento campestre creado en torno al lujoso Club de Golf Avándaro de tal fraccionamiento adyacente a Valle de Bravo en el Estado de México era un elefante blanco de bello aspecto pero difícil y caro acceso. Para promoverlo, hijos de la burguesía que practicaban el costoso deporte automovilístico trazaron un circuito de carrera por sus calles, que no prosperó, cancelado catastróficamente tras un previsible y mortal accidente en un lugar donde no se podía garantizar la seguridad de público ni competidores.
Problema que prefirieron olvidar acaudalados corredores que, encabezados por los hermanos Eduardo y Alfonso López Negrete, pretendieron revivir aquella olvidada competencia. No pudieron imaginar que las guitarras eléctricas desplazarían a los autos de carrera. En la euforia preorganizativa alguien sugirió, en vista de la septembrina fecha, una “noche mexicana” sui generis para alegrar la víspera de la competencia.
La idea creció desmesuradamente: elegido primero Javier Bátiz (lo más próximo a un ídolo que tenía el rock local) para musicalizar el evento, fue habilitado como director artístico el ya fallecido Armando Molina, bajista y líder del grupo La Máquina del Sonido e incipiente representante. Bátiz desdeñó los $30,000 presupuestados para el talento, así que Molina propusó repartir esa relativamente magra bolsa en pagos simbólicos a otra docena de grupos cuyo numero, presencia y nivel atestiguaron el auge del género: El Amor, Bandido, La División del Norte, Dug Dug’s, El Epílogo, Love Army, Tequila, Three Souls In My Mind, Tinta Blanca, El Ritual, La Tribu y Los Yaki.
Lejos de ser un movimiento subterráneo o contracultural, el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro fue promovido por radio y televisión comerciales, y fueron habilitados como taquillas los concesionarios automotrices de Automex (ahora Chrysler), lo que delata la ubicación clasemediera del rock local hasta entonces.
Sólo así se explica el súbito éxodo masivo el viernes por el poniente de la capital de muchos chavos sin auto, pidiendo ‘aventón’. La verdad es que filmaciones del evento registran la llegada de numerosos camiones urbanos que transportaron público de aspecto no tan evidentemente rockero. En otras palabras, y aunque el motivo se ha soslayado todos estos años, hubo “acarreo” a la más pura usanza priísta de la época. Parte de esta sorpresa que rebasó toda expectativa de los organizadores obligó a iniciar el evento antes de lo planeado, y subir al escenario grupos no programados pero convenientemente presentes, como los aún muy incipientes La Ley de Herodes de los hermanos Arau y los tapatíos Stone Façade; incluso se estrenó, ayuna de producción teatral ni música en vivo la puesta en escena estudiantil por el entonces joven director Eduardo Ruiz Saviñón de la “rock ópera” Tommy de The Who.
La falta de experiencia previa y expertez logísitca para un evento de tan desbordadas dimensiones definió Avándaro: desde los escasos puntos de recaudación de boletos, a los que se les daba la vuelta con total impunidad hasta la falta de víveres registrada aún antes de su inicio formal, y las notables carencias técnicas de audio contrastaron con la profusa presencia de cámaras televisivas, cuyas grabaciones permanecen hasta la fecha inéditas y firmemente censuradas por los poderes gubernamental y fáctico.
Un soslayado malentendido subyace a la paradoja de que se realizase evento tan improbable en un México autoritario y acostumbrado a ignorar a su juventud: el único, tácito e informal permiso gubernamental fue para una pretendida “noche mexicana”, no para esa masiva invasión de disidentes sociales greñudos y extravagantes que escandalizó hasta al antes simpatizante Carlos Monsiváis con su despliegue de íconos de importación, como es memorable bandera tricolor con el escudo nacional sustituído por el entonces en boga símbolo de paz.
No le contradecía el que mucha de la música original de esta nueva generación de rockeros fuese letrada y cantada en inglés, sobre tópicos convenientemente distantes de la convulsa realidad política y social que mantenía marginados a los jóvenes el mismo año y período de la atroz represión bautizada como ‘el Halconazo’ por los grupos de choque que tan acertadamente retrató el cineasta Alfonso Cuarón en su laureada cinta Roma. Tampoco ayudó a dignificar el fallido evento su frágil escenario de andamios y tablones, ni los equipos de sonido e iluminación precarios aún para los primitivos niveles de la época (*), audiblemente insuficientes para cubrir a tantos asistentes en el campo propiedad de Eduardo Labarthe, demarcado por un riachuelo y bosques.
La débil seguridad en torno a escenario y equipo pasó de improvisada e insuficiente a futil y luego inexistente. La estructura tubular del primero fue escalada por la turba de asistentes afanados en oír aunque no viesen, y empezó a bambolearse peligrosamente, pese a los continuos llamados a despejarlos. El equipo de sonido fue fallando luego en cascada como la iluminación tras las crecientemente accidentadas actuaciones de los célebres Dug Dugs, los debutantes Epílogo y la experimentada banda Tequila.
El Festival de Avándaro, en la visión de uno de los periódicos fifís de la época. pic.twitter.com/y8dx4sKPDD
— Martin Garmendia (@MartinGarmendi5) September 15, 2020
Momento crucial, a medianoche Ricardo Ochoa de Peace & Love afrontó al pesado silencio causado por problemas de audio liderando un coro masivo sobre la vieja melodía ‘Hully Gully’/(‘Dale Dale’ en la versión local), transformada en “¡Mari, Mariguana…!”. El tecladista Felipe Maldonado gritó luego, en pleno desbordado frenesí: “¡Que chingue a su madre el que no cante!”… y con ello, la transmisión en vivo del concierto salió bruscamente del aire, como lo haría luego y por buena parte de esa década el rock mexicano de la radio. La pertinaz lluvia obligó a suspender la energía eléctrica; todo quedó en silencio y oscuridad.
La prensa se tiñó el lunes siguiente de amarillismo tan ríspido, condenatorio y generalizado que no es improbable sino presumible una acción concertada: eventos aislados aunque muy visibles y memorables de nudismo surgido espontáneamente entre asistentes visiblemente adherentes a los principios libertarios del jipismo, se apoderó de los encabezados periodísticos, dando origen con ayuda del mal periodismo al sobado y trastocado mito de “la encuerada de Avándaro”. La delgada chica que se despojó de casi toda ropa sobre la camioneta de mudanzas que fue transporte y camerino del entonces trío Three Souls In My Mind, mientras tocaba La División del Norte fue elevada por la prensa rapaz a símbolo de la degradación moral asociada por ella con el rock y a la juventud.
El Festival de Avándaro se llevó a cabo el 11 y 12 de septiembre de 1971. Al principio fue nombrado como 'Festival de Rock y Ruedas de Avándaro' y se concibió como un festival automotriz, que sería amenizado con un concierto de rock.
Más detalles ????????????https://t.co/fj2CI2OrEv pic.twitter.com/ropssPCfiT— KioscoDeLaHistoria (@KioscoHistoria) September 7, 2021
Nadie reportó, en cambio, las accidentadas actuaciones de los estupendos grupos El Ritual o Bandido por continuas fallas del equipo que convirtieron la actuación de Los Yaki en largo solo de batería, ni cómo logró superarlas Tinta Blanca para convertir en emblema del evento su Salmo, única composición original a él dedicado; ni el abucheo a los poperos regiomontanos El Amor; ni el largo silencio resultante de la total interupción eléctrica hasta que un terco y estoico Three Souls cerró memorable y legendariamente – con ayuda de mexicanísimo ‘diablito’ y mínimo equipo – el enmudecido evento, recibiendo un amanecer dominical que lucía cual campo de batalla consumada a la luz del nuevo día.
Peor aún, casi ningún recuento, inmediato ni distante, destaca el admirable comportamiento del público, que aunque provocó con su desbordamiento la degradación musical del evento, dio ejemplo histórico de lo que nadie aún llamaba autogestión, sobreviviendo a las escaseces con espontánea solidaridad y organizando un sistema de evacuación en improvisados retenes para que quienes tenían auto ayudasen a los varados por unilateral, anónima, injustificable y probablemente dolosa decisión gubernamental.
Años después, permitir que se celebrase el evento para luego aislarlo cancelando los transportes y ostentarlo como prueba de la incapacidad juvenil para divertirse sin riesgo luce en retrospectiva como un golpe maquiavélico a las acotadas (**) pero conocidas aspiraciones presidenciales del entonces gobernador del Estado de México, Carlos Hank González. Apoyándose en el revuelo amarillista, las autoridades retiraron calladamente al rock de su origen clasemediero; pero lejos de extinguirlo se dedicaron a explotarlo en locaciones distantes de la moral y las buenas costumbres: bodegas, talleres, lienzos taurinos y charros, viejos salones de fiestas suburbanos fueron habilitados como lo que el escritor “ondero” Parménides García Saldaña memorablemente bautizó como ‘hoyos fonquis’ (sic).
Marginado por la condena mediática, el rock se proletarizó y convirtió en patrimonio cultural de quienes antes no tenían acceso a él, y los ‘hoyos’ suburbanos pasaron a ser el primer underground mexicano. Fue época de bandas con alientos y percusiones, pero también de rock duro cada vez más distante del blues. Surgió un nuevo underground, marginal por vocación y adscripción hasta ser acogido al cambio de década en recintos culturales como librerías o auditorios universitarios. La influencia del rock anglosajón que recuperaba clasicismos y asimilaba vanguardias se manifestó en grupos de búsqueda, como Nuevo México (que incorporaba a Jorge Reyes Y Luis Pérez, pilares del hoy llamado ‘etnorock’) o los experimentales Decibel, suscritos a los principios anticomerciales del movimiento europeo Rock en Oposición.
Someter al marginalizado rock hoyero al subdesarrollo lo abrió al nuevo público descubierto por Avándaro: chicos de clase media baja o baja encontraron al fin música que expresaba su vida, no la de otros y distantes. En esos locales sucios e inhóspitos germinaría no sólo el encuentro de una identidad rockera propia, sino de una diversidad que abarcaría los extremos del progresivo neoclasicista y el iconoclasta punk por venir, que en México pre existía sin bautizar en los ‘hoyos funkies’.
A 49 años de su ocurrencia, la actual imposibilidad pandémica y mundial de realización de los lucrativos conciertos masivos que iniciaron en la última década del Siglo XX tiende a consignar a Avándaro a su engañosa categoria mítica: victoria Pírrica, acaso kármica. Que no le digan, que no le cuenten: Avándaro fue un fiasco que tiende a permanecer encubierto, ¡y ahora hasta celebrado!
(*) El primer colosal sistema para sonorizar grandes eventos musicales al aire libre fue creado por Augustus Owsley Stanley III hasta 1974 para los quintaesenciales hippies Grateful Dead. En Avándaro sólo hubo una azarosa mezcla de bocinas para conferencia y teatro, que no logró cubrir adecuadamente el amplio espacio.
(**) Experimentado y poderoso político, se lo impedía la Constitución por su ascendencia alemana en primer grado.
En el rock mexicano ???????????? hay un grito que lo inició todo…
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— Gobierno CDMX (@GobCDMX) September 10, 2021
Un sospechoso consenso amarillista:
Tras su esforzado retorno de la por demás efímera “nación de Avándaro”, a los asistentes les aguardaba aún una indignidad prorrogable: con sospechosa unanimidad, la prensa tanto nacional como local compartió su escandalizamiento con la que describía como una orgía generalizada que comprobaba la peligrosa inmadurez de “esos” jóvenes que en ella participaron.
No sería novedad alguna la incidencia tendenciosa en lo que reportó la prensa tras la bochornosa censura noticiosa que impuso el gobierno tras los acontecimientos de 1968. La silenciosa pero terminante prohibición de aludir al tema incluso congeló la grabación de temas alusivos al festival.
¿A quién benefició presentar a los jóvenes cual irresponsables y propensos, ya no a la transgresión, sino al pecado? ¿Quién tuvo el intangible poder de uniformar prácticamente todos los medios con una visión falsaria y amarillista de lo sucedido? ¿Sería acaso la misma poderosa instancia que suspendió las corridas de camiones para dificultar el retorno de tantos presuntos implicados? Saque usted sus conclusiones.
Fuente: Aristegui Noticias
Temas: 50 años del festival de avándaro, Avandaro, Historia de México, Rock
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